El pediatra aconseja – La cultura del avivato y los patrones de crianza

Cada vez es más evidente que el comportamiento del adulto, su actitud ética y sus relaciones con los demás, está invariablemente influido por las vivencias, los ejemplos, los límites y los estímulos que vivió en su primera infancia, la experimentación de las consecuencias (agradables o no) de sus actos, así como por la progresiva adquisición de hábitos y estilos de vida.

Todo lo anterior lo adquiere el adulto en muy buena parte de acuerdo con la crianza que le brindaron principalmente sus padres y en ese acompañamiento en su proceso de crecimiento y desarrollo; pero dicha crianza ha cambiado en su fondo y en su forma a través del tiempo:

  • Hace algunas décadas se daba una crianza autoritaria, centrada en el adulto, en la que al niño solamente le correspondía obedecer ciegamente, acatar la norma así fuera arbitraria o no, que le impartía el adulto. Con este método el niño obedecía por miedo al castigo o por el estímulo de un premio, pero no actuaba convencido de que debería hacer lo correcto, independientemente del premio y del castigo, de que lo vieran o no. Se criaba así a una generación de muchachos y muchachas con poca autonomía moral. De hecho, una frase que constantemente le recalcaban sus padres era: “Que no lo vuelva a ver haciendo tal cosa”. En el fondo el mensaje es: “no importa que lo que hagas sea correcto o no, lo importante es que no te pillen”. Por extensión, en el lenguaje coloquial eso equivale a decir que el problema está en “no dar papaya”, en “aprovecharse”, en recordar que “el vivo vive del bobo”, que no hay que dejar pasar “el papayazo”, etc
  • Actualmente prevalece una crianza permisiva, en la que los padres de ahora no quieren que sus hijos les tengan miedo como les ocurrió a ellos. Que quieren ser amigos de sus hijos, tratarlos como pares, dejando de lado el ejercicio de la paternidad y de la maternidad, pero peor aún, sin el sano ejercicio de la autoridad.

Con cualquiera de las anteriores modalidades o estilos se están formando generaciones que no tienen claridad respecto a las normas, los límites, la indivisible asociación entre derechos y deberes. Se están formando muchachos que no tienen un adecuado nivel de tolerancia a la frustración, que no saben postergar la gratificación, que todo lo quieren ya a cambio de nada, con una actitud de que “el fin justifica los medios”

¿Y cuál es la alternativa? Lo ideal es criar a los hijos con un patrón democrático en un hogar en el que todos valen como sujetos, como personas, en donde se respeten opiniones y gustos, pero con un acompañamiento en el que los valores no sean negociables, en el que desde los primeros meses de vida de los niños se empiecen a cimentar las bases de la comprensión y del necesario acatamiento de normas y límites, de que gradualmente vayan adquiriendo, por el ejemplo y por las vivencias con sus seres queridos, los hábitos necesarios para convivir de manera armónica y justa con sus semejantes.

Cuando un niño llega a los cinco años sin una crianza basada en deberes y derechos, en el acatamiento de la norma de manera racional y ética (no por miedo ni porque lo vean), muy difícilmente la sociedad le dará lo que le negó el hogar.

Es desde la casa donde el niño aprende que los demás merecen respeto, que no puede apoderarse de lo que no le pertenece, que no debe hacerle a los demás lo que no le gustaría que le hicieran a él, que sus derechos llegan hasta donde empiezan los de los demás. Pero sobre todo es con ese acompañamiento afectuoso e inteligente como el niño logra adquirir una adecuada autonomía moral: hacer siempre lo correcto, lo que le dicta la conciencia, independientemente del premio o el castigo, de que lo vean o no. En algo tan sencillo está, sin lugar a dudas, la solución a muchos de los problemas que más aquejan a nuestra sociedad.

Luis Carlos Ochoa Vásquez

Pediatra puericultor