El padre de hoy: una historia de amor

El padre de hoy: una historia de amor

Aníbal Jerez se encontraba al frente de la chimenea en su apartamento cuando contestó una llamada, subió el tono de la voz y dio una orden muy clara: “El camión con lo necesario para el concierto debe estar mañana en el estadio, ¡así tenga que volar!”, en ese instante ingresó al estudio uno de sus hijos, quien le interrumpe para hacerle una pregunta; no obstante, él, con una mirada inquisidora, le corta la comunicación y el infante sale triste al no poder hablar con su padre.

Aníbal sentía que era el dueño del mundo, tenía una vida que muchas personas envidiarían, era un prestigioso gerente de una empresa que se dedicaba al montaje de espectáculos, con una gran cantidad de actividades a desarrollar en un mundo rápido y desenfrenado, y que, por consiguiente, contaba con escaso tiempo para su familia.

Lo acompañaba en esa vida una bella mujer, en todo el sentido de la palabra, María Ángela, un “ángel” que había conocido en su juventud, en aquellos días en que la vida era un sueño, un gran sueño. El tiempo y los logros económicos de Aníbal no la habían cambiado, era la misma “Mange”, como la conocían desde esa época, sensible, reservada, agradable y quien únicamente en confianza se mostraba como era; le daba gran importancia a los afectos, era una mujer íntegramente entregada a su familia y, de manera especial, a sus hijos.

El hogar tenía dos hijos: Celeste, la luz de la familia, una princesa con muy buen humor, comprensiva, con un gran ingenio y una facilidad innata para las actividades sociales, y quien, a pesar de sus cinco años, era estricta en el cumplimiento de su palabra. “Herencia clara de los genes de la familia”, aseguraba su padre. Y su hijo menor, Lucas, un niño práctico en sus actividades; lógico, responsable y muy constante, de gran energía.

Tiempo después el destino los convocó a una cita, que ninguno de ellos hubiera querido cumplir. Un día su niña comenzó a presentar eventos recurrentes de vómito, mareos, sangrado por la nariz, pérdida de peso y una palidez inexplicable; con el paso de los días los síntomas se fueron incrementando hasta verse cada vez peor, la luz de la familia empezó a extinguirse, una enfermedad muy grave, de aparición espontánea y rápida evolución, hizo necesaria su hospitalización, y de paso zarandeó las débiles estructuras de la felicidad que llevaba esta familia, en este teatro que es la vida. Aníbal, por primera vez en muchos años, entendió que no era invencible, que era tan frágil como un héroe de papel.

Estando una noche -alrededor de las once- en la sala de espera de la clínica, en las inmediaciones de la unidad de cuidados intensivos (UCI), se le acercó un médico cuya identificación decía “Dr. Mendieta” -un hombre de tez morena, de barba y cabello blancos que mostraban su jerarquía y dignidad; ojos azules como el mar, con una mirada profunda, y una actitud amable y de gran tranquilidad- para explicarle sobre el estado grave de salud en el que se encontraba Celeste.

Aníbal, con la agresividad y agilidad que mostraba en sus negocios, le exige al médico que realice hasta el último esfuerzo, que si es por dinero él podría llevarse a su hija al extranjero, le pide que no escatime esfuerzo alguno, que compre o haga lo necesario para que su hija no fallezca; a cuya solicitud el galeno le responde: “solo Dios podrá hacer un milagro”. María Ángela se une al grupo por unos instantes y el Dr. Mendieta se levanta y con una gran sonrisa y una venia se despide, no sin antes darle a Aníbal una receta médica que escribió en presencia de ellos y que, según les expresa, era la solución para todos sus problemas; aseguró el doctor, quien se dirigió luego a la UCI. Proceden a leer la fórmula y encuentran el  encabezado con el nombre de Aníbal Jerez y la fecha en que nació Celeste, con una frase escrita en su interior: “Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve pianista”. Michael Levine.

Silencio por algunos instantes y gran sorpresa. La primera reacción de Aníbal fue la de sentirse ofendido por esta sentencia, le pareció una broma de muy mal gusto; estaba tan indignado, que pidió hablar esa misma noche con el jefe médico de turno de la clínica, le comentó lo sucedido con el Dr. Mendieta, pues le pareció un atrevimiento que alguien le hablara de ese tema en un momento tan difícil como el que su familia estaba viviendo. Con gran extrañeza el interlocutor le explicó que en la clínica no hay ningún doctor con ese apellido; enfurecido, Aníbal le comenta que es imposible, pues hacía unos minutos dicho médico había ingresado a la UCI. El jefe de turno lo invitó a traspasar la puerta por donde había visto por última vez al médico en cuestión, y cuál sería su sorpresa al ver que quien estaba a cargo de su  hija era una mujer especialista en cuidado crítico, acompañada de su grupo de enfermeras, y ningún hombre estaba allí. El desconcierto era evidente, pues él había hablado con el Dr. Mendieta instantes previos, y de hecho aún tenía la fórmula médica escrita con su puño y letra, no entendía nada, ¿qué querría decir esa sentencia?, ¿cuál era el significado de este evento?, estaba aturdido.

Pasó el tiempo y Celeste dejó de iluminar a los suyos, el golpe del destino fue macabro para esa familia que tenía una vida artificial, basada en los logros económicos del líder del hogar y todo lo que el dinero podía comprar; esta situación hundió en los oscuros confines de la soledad a cada uno de los padres: “Mange” se sintió más sola que nunca, no pudo soportar el fallecimiento de su hija, extrañó mucho a sus padres que habían perecido años atrás. Sumidos en sus problemas los integrantes de la familia sucumbían ante la tristeza. El olvido hacia Lucas fue la rutina diaria. Seis meses después de haber fallecido Celeste llegó un paquete a la casa de los Jerez, a nombre de Aníbal, quien lo abrió con la misma curiosidad con la que se desenvuelven los regalos de la Navidad, no obstante, la alegría mágica de ese momento se rompió de repente al ver una nota que decía: “El mejor legado de un padre a sus hijos es un poco de su tiempo cada día”. O. Battista.

Su sorpresa en cuestión de segundos se traduce en gran ira: ¿Quién estaba detrás de todas estas ‘bromas’ sin respetar el dolor que tenía en ese momento?, se preguntó. Decide comentarle lo sucedido a María Ángela, quien no atina a encontrar una explicación lógica; sin embargo, este evento los acerca, terminan llorando, hablando y desahogando su furia contra la vida, contra Dios, contra todo el universo. Era el primer instante en el cual se cruzaban en la misma estación del vía crucis que recorrían, a pesar de convivir en la misma casa; mientras tanto, el niño cada día era más apático, huraño, con pésimo rendimiento escolar, parecía que con la muerte de su hermana un pedazo de su alma se hubiera esfumado para siempre.

Estas moralejas hicieron despertar la curiosidad de Aníbal, su reacción inicial fue analizar la información, por ello acude a la internet y confirma que las citas eran verdaderas y que los autores sí existieron; el segundo paso fue un proceso de reflexión. Ver la situación de Lucas le hace entender que la partida de Celeste del mundo terrenal ya no se podía resolver, que en la casa, a su lado, estaban indefensos María Ángela y Lucas. Aníbal comienza entonces a buscar a su mujer para iniciar el cambio, poco a poco este matrimonio volvió a reír como en los primeros tiempos del noviazgo, la comunicación comenzó a fluir de nuevo, entendieron que la vida era así y que debían dar lo mejor de sí mismos para educar y acompañar a Lucas en todos los momentos posibles de su vida, buscando a un buen ser humano como primera opción de vida.

Días después, por casualidad, van al cuarto del niño buscándolo para ir a jugar y cuál sería su sorpresa al ver el rostro del Dr. Mendieta en una de las láminas que tenía el niño en la mesa de noche. Ellos, de tradición católica, buscaron que su retoño continuara con la religión de la familia, así que al llegar Lucas del parque lo interrogaron sobre la lámina. Lucas les comentó con naturalidad simple que era el rostro de Jesús al ser revelado por los científicos que investigaron el Sagrado Manto de Turín. Esa era la foto, ¿no era increíble?, aseguró el niño. La imagen se la habían regalado los religiosos de su colegio después de la muerte de su hermana. El proceso de acompañamiento, de formación, de liderazgo y mucho amor cambió por completo la relación de Lucas con sus padres; la renovación fue notoria, y una nueva vida dio más felicidad a la familia Jerez. Meses después, llegó el día de graduación de la primaria de Lucas, pero él no sería el único que recibiría un regalo, a casa de los Jerez llegó un nuevo paquete con un mensaje de vida, era una carta con los diez principios para ser un buen padre, con una nota al final que decía: “Es el momento de reflexionar y de buscar las respuestas dentro de ti”

Por: Darío Alberto Botero Cadavid y
Germán Ernesto Soto Moreno
Pediatras y puericultores
Docentes Unisanitas

El padre actual…

… es menos autoritario y participa más en la educación y el cuidado de los hijos.

… genera procesos de crianza de manera bidireccional reflexiva. Los niños y jóvenes como gestores de su propio desarrollo reciben apoyo.

… es proveedor, trabajador y orientador con base en el amor de su familia.

… es vulnerable a la ternura y la emocionalidad.

… tiene más calidad y cantidad de tiempo para sus hijos.

… basa su credibilidad en la coherencia entre lo que dice y lo que hace.

… tiene el mismo nivel de autoridad de la madre: son uno solo a la luz de las normas y así se construye familia en la diversidad.

… prefiere emplear frases amables que construyan y fortalezcan la autoestima del ser, y no la compra con premios para que se hagan las cosas.

… corrige; emprende el liderazgo con autoridad y con la posibilidad de escuchar a su hijo para buscar la mejor posibilidad.

… busca formar mejores seres humanos, fomentando el compañamiento amoroso en la apasionante aventura de la vida.