El niño escolar y su familia

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La familia cambia a medida que cambian sus integrantes. Los cambios del hijo mayor determinan fuertemente los cambios del sistema familiar. Es, por otra parte, un tejido que se adapta y se rehabilita a pesar de estos cambios, logrando con la ayuda de sus propios miembros y con la ayuda que le viene de afuera, hacer que siga la vida y convertirse en un puerto seguro para sus integrantes.

La familia del niño de seis a nueve años recibe a un niño que cambia y muchas veces este cambio les resulta a los padres difícil de percibir. De venir acompañando a un niñito preescolar, dependiente, temeroso, pasa a contener a un niño que está en plena niñez, que está interesado por investigar, explorar y jugar; que guarda secretos, se enamora, llora en silencio y es capaz de cuestionar a la familia, la escuela y la vida misma.

En este período la familia debe hacer nuevos ajustes para permitir el desarrollo sano del niño, que por sus características sale a la escuela y empieza a disfrutar la miel y el llanto de sus amigos. La familia tiene ahora a un niño que quiere jugar más fuera de casa, que se va desprendiendo paulatinamente del regazo materno, para preparar a la familia para las nuevas y movilizadoras etapas que deberá vivir en la época adolescente.

Al inicio de la escolaridad la familia sufre algunas crisis dadas por el ingreso del hijo a la escuela, por el aprendizaje de la lectoescritura, por las necesidades distintas del escolar. A esta fase de crisis sigue una fase de relativa tranquilidad. El escolar, por sus características físicas, se enferma menos, es más tranquilo y se identifica con sus padres, lo que le da al sistema familiar un clima de equilibrio y serenidad.

La familia con un hijo escolar debe hacer los ajustes propios de esta etapa, tales como preparación de un ambiente físico y emocional para crear hábitos de estudio; cambiar los menús según las necesidades del niño; cambiar las loncheras; disponer fines de semana para nuevas interacciones sociales del niño, como piscinazos, fiestas de cumpleaños, despedidas. Muchas de estas actividades requerirán que el niño sea llevado al lugar para ser recogido más tarde, lo cual genera en la familia algunos movimientos, es decir, el manejo del tiempo y las rutinas de la casa cambian radicalmente.

La comunicación de la familia cambia de la misma manera que va cambiando el niño. El escolar requiere una comunicación clara matizada con cuentos, comparaciones y metáforas, así como nuevas y más profundas respuestas que las que le fueron suministradas en las etapas anteriores.

El escolar es menos demandante en cuanto a cuidados físicos: es un niño que se viste por sí mismo, come solo y necesita compañía emocional, necesitando sentirse muy seguro en su hogar. Necesita la presencia física de los padres para identificarse con ellos, para sentir que sus padres son lo más preciado que tiene. El escolar en este momento considera a sus padres como omnipotentes, veraces, fuertes y poderosos, de tal modo que un chico es capaz de pelearse con otro si le dice mentiroso a su padre.

La familia en esta etapa debe establecer un puente firme con la escuela. Es así como a la mesa de la familia llegan todos los amigos del niño, los maestros, sus padres, la caída del mejor amigo, los robos, las pérdidas del salón de clases, el rayo que cayó cerca al colegio y todos los demás relatos y personajes que hacen parte del mundo del niño y que él entrega a su sistema familiar. Los padres deben disponer de tiempo y energía para hacer parte de la planeación y acciones en el colegio de sus hijos, lo cual se debe entender como una necesidad del escolar, que, además, facilita un aprendizaje más integral y armónico.

El escolar necesita, además del colegio, asistir a otras actividades, como a las prácticas de fútbol, al coro, a danza, guitarra, etcétera, lo que amerita que el sistema familiar establezca ajustes tanto económicos como en el tiempo, y la disposición de personas que acompañen al niño a estas actividades que son para él necesarias y fundamentales.

La pareja conyugal en este momento, si no hay un hijo de menor edad, ha adquirido una gran fuerza y una gran estabilización. Los cónyuges tienen más tiempo para ellos y pueden salir solos. Desaparecen los sentimientos de culpa por el supuesto “abandono” del niño en épocas anteriores. El poder separar la relación de padres de la de cónyuges hace que la pareja se vuelva más dinámica y pueda solucionar sus crisis sexuales, de acompañamiento y otras propias.

La abuelidad se fortalece: el escolar y el abuelo se convierten en excelentes amigos, discípulos, confidentes y compañeros. Pasan muchas horas juntos, y cada uno se convierte en una fortaleza del otro.

La familia del escolar se recrea con más frecuencia. Los viajes se programan con más facilidad por el hecho de que el niño ha controlado generalmente hasta el esfínter vesical nocturno (no se orina en la cama durante la noche) y ha progresado en los hábitos de cuidado personal.

Los juegos se vuelven menos de movilización y aparecen los juegos de palabras (adivinanzas, acertijos, trabalenguas), juegos de mesa y los que tienen que ver con el ensayo de las habilidades que el niño ha adquirido en este momento, tales como adivinar mímicas o significado de palabras. Mirar películas o juegos electrónicos es otra forma de recreación familiar.

Los padres del escolar fortalecen la autoridad y esta se ejerce con mucha facilidad, ya que en este momento el niño acata órdenes y no se rebela contra las normas establecidas. Las pataletas se extinguen y las sanciones son menores que en épocas anteriores.

Este período es propicio para hablar con el niño sobre asuntos trascendentales, como el origen del universo, la enfermedad, la muerte, la historia de los abuelos, la pobreza y tantos otros. Generalmente, el niño es afectado por estos asuntos en su entorno y ese es el momento de hablar, como cuando el niño va caminando por la calle de la mano de su padre y encuentra a otro niño de su edad durmiendo en el andén. Surgen así muchas preguntas que el padre debe resolver.

La familia del escolar debe ayudarlo en una de las tareas más decisivas del ser humano, como es hacerse a sí mismo. Para ello es necesario que el niño conozca sus orígenes, que visite el sitio donde nacieron sus abuelos, donde se criaron los padres y los amigos de la familia, así como conocer y apreciar las riquezas culturales y ecológicas del sitio de dónde provino la familia materna y paterna. Esta expedición le ayudará más tarde a descubrir quién es.

Recomendaciones
• Hablen con su pareja acerca de los cambios que están experimentando en esta etapa
• Organicen su agenda para que incluya las actividades escolares como fundamentales para el desarrollo de su hijo
• Mantengan una adecuada comunicación con el sistema escolar y con los padres de los amigos de sus hijos
• Faciliten la amistad de abuelos y nietos
• Háblenle a su hijo acerca de asuntos fundamentales como el nacimiento, la muerte, el dolor, la violencia, etcétera, en los momentos en que el niño lo solicite o la situación lo posibilite
• Llévenlo a conocer el sitio donde se originó la familia
• Jueguen con el hijo
• Fortalezcan la relación de pareja y sepárenla de la relación de padres

Carmen Escallón Gongora
Pediatra puericultora- Terapista de familia
Universidad de Cartagena

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