El influjo de la música en el desarrollo infantil

Por: Daniela Pérez Nova
Residente de Pediatría – Universidad de Antioquia
Asesor: Juan Fernando Gómez Ramírez
Pediatra puericultor

 

El término música proviene del griego ‘mousikē [téchnē]’, que traduce “el arte de las musas”, quienes son deidades de la mitología griega que, al momento de invocarlas, bajan a la tierra para susurrarle al humano las ideas artísticas e inspirarlo. Existen diversas definiciones para la palabra música; sin embargo, la mayoría están basadas en el arte de combinar sonidos. Al buscar un concepto con un enfoque más integral, Everett Thayer Gaston, en 1957, expresa la música como “la ciencia del arte de reunir o ejecutar combinaciones inteligibles de sonidos en forma organizada y estructurada con una gama de infinita variedad de expresión, dependiendo de la relación con diversos componentes (ritmo, melodía, volumen, tono)”. No obstante, hasta este momento, no se ha llegado a una definición universal de música, lo que es la manifestación de la diversidad cultural y social. 

 

Alrededor de esta se plantean cuatro aspectos fundamentales, como son: 

  1. Es una construcción sociocultural producto del esfuerzo humano. 
  2. Es la suma de diferentes elementos que son interpretados de manera unitaria: melodía, armonía, ritmo y timbre. 
  3. Se relaciona con el movimiento, la expresión corporal, la danza, y la dirección orquestal.
  4. Tiene variados objetivos y funciones sociales, como, por ejemplo, su uso en rituales religiosos y de sanación. 

 

El arte de la música se entiende como una disciplina social que ha sido construida a través de la historia y ha evolucionado de manera simultánea con el ser humano. Su inicio se remonta a miles de años atrás, se dice que esta surge de la mano del lenguaje como una herramienta de comunicación e interacción social. La cultura griega le da importancia a la música en la provocación mental y el bienestar físico, es por esto por lo que rituales de sanación y curación se acompañaban con cantos, danzas y música. 

Son múltiples los beneficios de esta en los niños y adolescentes, por ejemplo, produce un aumento de la capacidad de memoria y atención, mejora la capacidad de concentración, impacta positivamente en la autoestima y creatividad, estimula la imaginación y la expresión corporal, así como favorece las relaciones interpersonales y la expresión de sentimientos y emociones. 

Los niños están en contacto con la música desde incluso antes de nacer, el feto está inmerso en una sonósfera, entendida como un ambiente sonoro complejo, donde logra discriminar los sonidos provenientes de su madre (fisiológicos, como el latido del corazón, los ruidos gastrointestinales, su voz), de aquellos externos, como la voz de su padre y la música.

Durante este periodo de organogénesis se ha descrito que la música produce la activación de la corteza auditiva primitiva localizada en el lóbulo temporal izquierdo, así como de otras áreas del cerebro, como lo es la corteza frontal, parietal y subcortical, que en un futuro estarán implicadas en la atención, la función motora, la memoria y las funciones límbicas (procesamiento emocional).

La música en las diferentes etapas de la niñez

Por todo este proceso fisiológico, la exposición a la música durante la etapa prenatal se considera útil para la estimulación multisensorial de los bebés, pues activa vías multisensoriales intrínsecas y extrínsecas favoreciendo la maduración de circuitos neuronales. Por otro lado, la música incentiva los movimientos corporales fetales, produciendo una respuesta rítmica con efectos posturales y motrices. Aquellos niños que fueron expuestos a canciones de cuna durante el periodo perinatal tuvieron una mayor amplitud de los potenciales auditivos al nacer que se mantiene hasta los cuatro meses de vida. 

Alrededor de los cuatro meses, el niño añade consonantes a su vocabulario y logra distinguir el lenguaje de los sonidos de las canciones. A los ocho meses, el infante es capaz de expresar sus sentimientos al escuchar música, a través de los movimientos corporales como el baile, las palmas, carcajadas y son atraídos por sonidos generados por los objetos.

A los dos años estamos frente a un niño que habla, logra repetir las palabras y canciones, muestra interés frente a los instrumentos musicales e inicia el sentido rítmico. Más adelante aprende canciones y logra identificar los componentes de la música, centrando su atención inicial en las palabras, después en el ritmo y, por último, en la melodía. A esta edad, los infantes sienten atracción por aquellas canciones con letras pegajosas y repetitivas. 

A los tres años, entre tanto, el niño tiene un mayor control corporal, consigue seguir el ritmo con alguna parte del cuerpo, reproduce canciones y diferencia los tiempos musicales. Alrededor de los cinco años, es capaz de coordinar los movimientos en sincronía con la música, hay una mayor atención y concentración, y es capaz de crear canciones sencillas y cantar melodías cortas. 

En la edad escolar, por su parte, los niños tienen una identidad musical que será cada vez más profunda, denominada conocimiento musical, donde reconoce y maneja los elementos de la música de manera más profunda. Además, tienen una mejor capacidad de manejo de su voz y logran una sincronía del ritmo corporal con lo que escuchan.

Como es evidente, a medida que avanza el desarrollo cognitivo y motriz del niño, hay una progresión de la capacidad musical de este, siendo la música una compañera del desarrollo infantil hasta llegar a la adolescencia, donde hay una evolución del pensamiento formal y esta se convierte en una de las actividades favoritas de los jóvenes que está implicada en el fomento de la identidad, les permite aislarse del entorno y descubrir el papel que esta tiene sobre su estado de ánimo, dándoles, a su vez, la posibilidad de establecer y fortalecer sus relaciones interpersonales.

 

Su impacto a nivel corporal

Para interpretar la música se requiere la integración de funciones auditivas, cognitivas, sensoriales, motoras y emocionales. La música ingresa a nuestro cuerpo a través de un complejo de ondas mecánicas que son traducidas a nivel coclear, produciendo impulsos eléctricos que van a ser transmitidos a través del nervio auditivo hacia el tallo cerebral y el mesencéfalo para ser procesados a nivel de la corteza auditiva primaria y secundaria, y ser, de esta forma, transferida hacia distintas áreas del cerebro. 

Por otro lado, también se ha descubierto el papel que tiene la música a nivel biológico, por ejemplo, en el sistema inmunológico mejora la respuesta inmune tardía al incrementar los linfocitos TCD4, los linfocitos de memoria y aumentar la producción de interferón. Entre tanto, a nivel cardiovascular disminuye la frecuencia cardíaca, respiratoria y la presión arterial media; por esta razón, en los últimos años la música se ha convertido en una herramienta terapéutica en las unidades de cuidado crítico y coronario. 

La música, de igual forma, se relaciona estrechamente con el desarrollo infantil. A nivel psicomotor se ha determinado que permite adquirir una mayor conciencia del esquema corporal, favoreciendo el desarrollo de propiocepción, lateralidad y del equilibrio. Además, tiene un papel importante sobre el movimiento y la expresión corporal, dándole la oportunidad al niño de conocerse a sí mismo y sus capacidades corporales. 

Con respecto al desarrollo cognitivo, la música ordena y organiza los esquemas mentales, fomenta el entrenamiento de la memoria y del lenguaje tanto verbal como no verbal, implicado en el desarrollo y entrenamiento de la memoria e inteligencia general y musical. Se ha identificado que aquellos niños que reciben educación musical tienen un mejor desempeño académico en la mayoría de las asignaturas, principalmente en lenguaje y matemáticas. 

A nivel emocional, entre tanto, la música activa el sistema límbico implicado en la regulación de emociones y desarrollo socioemocional; transmite y permite la expresión de las emociones. Adicionalmente, promueve el desarrollo de la creatividad y la originalidad, es un medio de socialización y comunicación del niño, brindándole herramientas para establecer relaciones personales y fortalecer su confianza. 

La música es entendida como una herramienta lúdico-pedagógica que permite el desarrollo intelectual, motriz y del lenguaje de los niños. Una de las características clave de la pedagogía en música, es que cualquier actividad del niño con esta debe reunir connotaciones propias del juego, y es ahí donde los educadores tienen un papel fundamental, pues deben proporcionar un ambiente de aprendizaje sano y tranquilo, usando como principal herramienta el juego. 

Cabe resaltar la importancia de la manipulación sensorial sobre todo en los primeros años de vida e incluso en la vida intrauterina, donde aquella estimulación será la base para una educación musical asertiva. Por otra parte, el niño pequeño alcanza el aprendizaje musical a partir de la imitación, es por esto por lo que la exposición a ambientes musicales sanos con pares de su edad y maestros son el escenario ideal para el aprendizaje. 

En este orden de ideas, se entiende a la música como una fiel compañera del desarrollo de la humanidad, una herramienta de comunicación que ha sido perfeccionada a lo largo de la historia y un instrumento de gran utilidad en el desarrollo integral de los niños y adolescentes, donde los planos psicomotor, cognitivo y emocional se ven favorecidos. Al hablar de pedagogía, se debe destacar que cualquier actividad del niño con la música debe reunir connotaciones propias del juego y desarrollarse en un ambiente sano que le brinde las oportunidades necesarias para explorar su gran mundo. 

 

Lecturas recomendadas

  • Rojas, J. M. O. Efecto ansiolítico de la musicoterapia: aspectos neurobiológicos y cognoscitivos del procesamiento musical. Revista colombiana de psiquiatría, 2011; 40(4), 748-759.
  • Miranda, M. C., Hazard, S. O., Miranda, P. V. La música como una herramienta terapéutica en medicina. Revista chilena de neuro-psiquiatría, 2017; 55(4), 266-277.
  • Liliana Díaz, M., Morales Bopp, R., Díaz Gamba, W. La música como recurso pedagógico en la edad preescolar. Infancias Imágenes, 2014; 13(1), 102-108.