El escolar – “Chicos grandes y padres chicos”

Niña

Este título acuñado hace algún tiempo en una publicación argentina, refleja muy bien una nueva tensión en las relaciones intrafamiliares. La crianza en los nuevos tiempos despierta con frecuencia preocupaciones en unos de sus principales protagonistas: los padres. El temor a equivocarse en el proceso y el hecho de que no existan reglas fijas, asociados a la condición “igualada” de los niños y niñas actuales como sujetos de crianza, confluyen para que la perplejidad aparezca con frecuencia en los padres de hoy.

En el contexto descrito surge la oscilación pendular en el proceso de crianza entre una tentación por parte de los padres hacia un comportamiento permisivo frente a los hijos y otra tendencia autoritaria en la relación con ellos, ambas con consecuencias negativas en la evolución del proceso, pues se ha demostrado mediante estudios de seguimiento a largo plazo, que producen como resultado jóvenes con un autocontrol muy deficiente y una incorporación difícil al tejido social.

Frente a lo anterior surge entonces la necesidad de una propuesta asertiva, con matices democráticos y dialógicos pero enmarcada en el ejercicio irrenunciable de una autoridad serena, fortalecida ante los hijos por el ascendiente que los padres se ganan en el contexto de un acompañamiento amoroso y comprometido en la cotidianidad, donde el afecto y el ejemplo ocupen un lugar determinante.

Los humanos somos seres de crianza prolongada y por ello dependemos mucho del acompañamiento de los adultos significativos. Cuando este acompañamiento es inseguro, con frecuencia genera también niños y niñas inseguros. Frente a esta eventualidad, es necesario reasumir el papel del adulto.

Una crianza orientada por el amor, la tradición cultural, el sentido común y algunos conocimientos científicos, en el contexto de una presencia presente, tendrá que brindar todos los elementos necesarios para que la perplejidad no haga parte de este apasionante proceso de la crianza de los hijos, definido magistralmente por Sabin, cuando afirmó que “Sólo hay dos legados duraderos que podemos abrigar la esperanza de dejar a nuestros hijos: uno las raíces, y el otro las alas”