El duelo y los niños

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El duelo se vive como una condición emocional y psicológica frente a un evento de pérdida o ausencia de alguien o algo que representa importancia, valor y aprecio incalculables. Es una condición necesaria, innata a la pérdida y que inicialmente es un proceso normal; es un evento que provee al individuo las herramientas para asumir la vida con sus complicaciones, superarla y que esta continúe su curso normal con la adaptación a una nueva realidad.

El duelo en el niño: la visión del adulto

Para el mundo del adulto hay creencias acerca de cómo un niño hace un duelo; culturalmente a veces se minimiza el efecto de un evento como una muerte o una enfermedad grave, o se trata de que se diluya en otras actividades para hacer ver esa situación desde un plano más secundario. Es frecuente ver cómo se dice: ™Es que el niño está pequeño y no entiende que se murió la mamá, eso se le pasa rápido∫, ™Qué pesar, díganle que se fue a un viaje muy lejos o que se durmió∫, ™Hay que entretenerlo bastante para que no sufra∫, entre otras expresiones que buscan en sí dosificar el malestar de vivir situaciones difíciles como forma de ser compasivos.

Cualquier adulto que tenga bajo su cargo a un niño busca la manera de que un evento como una muerte no le traiga sufrimiento; por ende, trata con la mejor intención alejarlo de cualquier situación negativa, transfiriéndole la negación del adulto y poniéndolo en un ambiente casi sobreprotector y aislado del momento. Así continuamente se le miente, se le dan explicaciones ambiguas, se omite de los rituales de despedida y se le desconecta de la realidad sin un objetivo claro; debido a esto deben existir unas medidas básicas para hacer menos confusa la comunicación del adulto con el menor, y que al mismo tiempo sean educativas para entender que el duelo propio no es el mismo que el del niño, pero que tampoco es cualitativamente mayor en impacto o alteración en estado de ánimo.

Educar al adulto para enseñarle al niño

Orientar al niño a que haga un proceso adecuado condiciona al adulto para que desarrolle cualidades comunicativas que le permitan una correcta explicación de la situación y escuchar las inquietudes acerca de lo que pasa, permitiendo al menor sentirse incluido, acompañado y sin la necesidad de inventarse una realidad fantasiosa.

Dichas recomendaciones consisten en:

  • Ser abierto y hablar de la muerte o la enfermedad cuando el tema se haga visible: cuando uno omite algo ante la curiosidad del niño y no se le da respuesta, él mismo la buscará en otro lado y las fantasías en muchas ocasiones llenarán los vacíos.
  • No mentir, no crear historias fantasiosas ni dar explicaciones incoherentes con los hechos: según sea su etapa del desarrollo cognitivo, los niños procesan la información y asumen la pérdida a su manera, mentirles solo retrasará la adaptación y es más adecuado ayudarles a que ellos establezcan su camino necesario al duelo. Hay que recordar que si a los más pequeños se les dice: ™El abuelito solo se durmió y se fue para el cielo, esas flores que le diste le van a gustar∫, esto va a ser asumido literalmente y no en la forma abstracta como la vemos los adultos.
  • Dejarlos participar de los ritos y de lo que hacemos durante la despedida: cuando se trata de poner en un aislamiento emocional al niño, en ciertas ocasiones aumentamos la sensación de angustia y desamparo, por lo cual se inician sentimientos de culpabilidad.
  • Limitar los sentimientos de culpabilidad: en los niños más pequeños, la estructura de pensamiento es egocéntrica y al fallecer alguien muy cercano a veces pueden asumir que fue porque ellos “se portaron mal, los hicieron enojar, etc.”.
  • Enseñarles sobre las características irreversibles y absolutas de la muerte de acuerdo con su desarrollo y edad.
  • Facilitarles un entorno afectuoso donde no se sientan abandonados; además, hacerles sentir que no van a estar desamparados.
  • Contactarse pronto con los profesores y el equipo de psicología del colegio para ayudarles a retomar la vida diaria.
  • En los más grandes, brindarles el acompañamiento necesario, identificando conductas de riesgo.
  • Fomentar la expresión de los sentimientos del niño y el adolescente, siendo abiertos a escucharlos y a animarlos a que compartan con las personas que más confían.
  • Buscar ayuda profesional si no se siente en la capacidad de orientar al paciente o ha encontrado factores de riesgo, como síntomas prolongados de tristeza y angustia; cambios de comportamiento bruscos; que no se readaptan a la vida escolar; continuos malestares, como cefalea, debilidad y dolor abdominal de características inespecíficas; pérdida importante del apetito o del peso; desinterés general por la vida, por el futuro y sus proyectos.

La vivencia del duelo en el niño

El niño puede tener una evolución del duelo por etapas como un adulto, pero no con el mismo significado, ya que el concepto de muerte varía con la edad y de eso dependen ciertas actitudes o comportamientos.

Inicialmente el niño presenta una fase de protesta, en la cual añora de manera insistente y suplicante el regreso del familiar faltante; luego cursa con una etapa de desesperanza, donde entra en apatía permanente al sentirse abandonado; y, finalmente, una de ruptura del vínculo, cuando comienza el regreso a su cotidianidad. Esta última se denomina así porque deja de lado ese estado de dependencia emocional para regresar al mundo que lo rodea.

ninoSegún el grupo etario, tenemos estas características:

  1. Hasta los 5 años: en este momento, el niño está en una etapa de pensamiento preoperacional, fantástico, egocéntrico, donde cree que la muerte no trae el fin, sino que la persona reaparecerá o recuperará la salud. Probablemente tenga conductas como enuresis, terrores nocturnos, pataletas y dificultad para dormir. Tiende a tomarse todo de manera literal y cree que realmente la persona está dormida o de viaje. No cree en la muerte propia.
  1. Después de los 6 a los 10 años: hay ya una noción de la muerte como fin último y una tendencia a ver más objetivos los hechos, y poco a poco las explicaciones fantásticas no son creíbles, ya viven un razonamiento más concreto y directo, pero todavía no hay una conciencia total de la muerte propia hasta los 9 a 10 años, pero sí de la de sus seres queridos, y la empiezan a temer.

En esta etapa aún puede llegar a ver a la muerte como “algo” con personalidad y se interesa en conocer más de esta, como en participar de los ritos funerarios; además, es consciente de la tristeza del otro y puede desarrollar reacciones de silencio o de apertura de sus emociones si se le brindan o no los espacios.

  1. Los adolescentes: estos tienen una concepción similar a la adulta acerca de la muerte, con comportamientos típicos del duelo en un adulto. Inicialmente se puede ver aumento de la sensación de pesimismo por la vida, de que se sufre más de lo que se es feliz, hay preocupación por el futuro y, en ocasiones, puede generar dudas sobre el sentido de la existencia. El duelo a veces los deja en estado de aturdimiento, por lo que prefieren estar en soledad, durmiendo y frecuentando poco a sus amigos; o inician actividades riesgosas de consumo de alcohol y drogas con abuso de su integridad física y francos gestos de rebeldía. En esta etapa es importante el acompañamiento, a pesar del deseo del adolescente de permanecer solo.

ninaConclusiones

  • El duelo no es una patología, no es un signo de debilidad, es el mecanismo de adaptación necesario ante una situación de cambio difícil, por lo cual no se recomienda tratar de acortarlo o modificarlo en caso de que un niño lo esté viviendo.
  • El acompañamiento y el promover siempre la expresión del niño y el adolescente es clave para superar la sensación de abandono que se vive ante una situación de duelo.
  • No solo se le debe brindar al niño la percepción de que la vida es de ™ganadores, exitosos, adinerados, saludables y campeones∫. Se le debe enseñar a afrontar el fracaso, la enfermedad y la muerte, no como antivalores, sino como circunstancias de la vida, que no demeritan ni quitan dignidad a la persona.

Cuentos que nos ayudan a hablar de la muerte a los niños

La distancia que aporta la fantasía resulta básica para ayudarles a entender la pérdida de un ser querido. Es por ello por lo que un buen recurso para poder acompañarlos a comprender el proceso y a elaborar el duelo pueden ser los cuentos y los libros infantiles.

Una pequeña selección de obras que pueden ser útiles en este acompañamiento:

  • Camino a casa, Jairo Buitrago y Rafael Yockteng. FCE.
  • No es fácil, pequeña ardilla, Elisa Ramón y Rosa Osuna. Kalandraka.
  • Nana Vieja, Margaret Wild y Ron Brooks. Ediciones Ekaré.
  • El árbol de los recuerdos, Britta Teckentrup. NubeOcho.
  • Edu, el pequeño lobo, Gregoire Solotareff. Editorial Corimbo.
  • ¿Qué viene después del mil?, Anette Bley. Takatuka.
  • Siempre te querré, pequeñín, Debi Gliori. Editorial Planeta.
  • Jack y la Muerte, Tim Bowley y Natalie Pudalov. OQO editora.
  • Julia tiene una estrella, Eduard José. Editorial La Galera.
  • ¿Dónde está el abuelo?, Mar Cortina. Tandem Ediciones.

 

Por: Edison Alberto Aristizábal Serna

Residente de Pediatría

Facultad de Medicina

Departamento de Pediatría y Puericultura

Universidad de Antioquia

y Federico Ordóñez Gómez

Psicólogo y puericultor

Departamento de Pediatría y Puericultura

Pediatría Social

Universidad de Antioquia

 

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