El castigo físico y las relaciones de crianza

Pronunciamiento institucional

A lo largo de la historia, la relación adulto-niño se ha caracterizado por un ejercicio del poder dentro de una clara connotación adultocéntrica, entendida esta como la cultura en la que se antepone el interés del adulto al interés superior de los niños, niñas y jóvenes. Por lo tanto, con mucha frecuencia no se garantizan sus derechos ni mucho menos su interés superior.

Lo anterior, forma parte del acervo cultural heredado de la antigua Roma donde la concepción patriarcal del pater familias determinaba que los niños y niñas carecían de dignidad y eran propiedad del adulto.1

Castigar físicamente a los niños es un abuso y un atropello a su integridad. Nuestra labor como padres no es la de domesticar, sino la de educar a los hijos y la disciplina debe ser una enseñanza para tal fin.

Como bien lo expresa la psicoterapeuta Teresa García Hubard: “Si se entiende la disciplina como enseñanza y el niño como una persona capaz de reflexionar y resolver problemas, se vuelve claro que los castigos no son una herramienta para educar, pues no generan reflexión ni construyen un vínculo adecuado entre padres e hijos. El físico es el más disfuncional de todos los castigos. Debemos preguntarnos qué tipo de hijo queremos tener cuando decidimos qué tipo de disciplina aplicar”.2

Cuando un niño se concentra en rumiar la profunda injusticia a la que es sometido por los padres al castigarlo, su cerebro no está funcionando de manera integrada, sus emociones son intensas y su atención no está puesta en lo que él hizo, sino en lo que le hicieron.2

Desventajas de la utilización del castigo físico

La reconocida educadora familiar Ángela Marulanda3 enumera algunas de las desventajas que acompañan esta práctica aversiva:

  • No promueve el remordimiento, sino el resentimiento.
  • No promueve el respeto, sino el desprecio.
  • No promueve la admiración, sino el temor.
  • No promueve los deseos de enmendarse, sino los de vengarse.
  • No promueve la colaboración, sino la hostilidad.

Desventajas en la relación de crianza secundarias al castigo físico

  • Deteriora la relación padres-hijos, pues va generando en estos últimos sentimientos encontrados de desprecio y resentimiento mezclados con el amor.
  • Mal ejemplo: es un eslabón importante en la transmisión intergeneracional de la violencia.
  • Puede causar lesiones graves como producto de un comportamiento impulsivo de los padres.
  • Produce afectación emocional de los niños y de los padres.
  • Como de manera sabia lo señala un proverbio popular: “El que pega para enseñar está enseñando a pegar”.

Resignificar la dignidad

La dignidad es el derecho que tiene cada persona de ser respetado y valorado como ser individual y social, con sus características y condiciones particulares, por el solo hecho de ser persona. Por ello, cada ser humano merece un respeto incondicional. La dignidad es innata e inexpropiable y este concepto es el que ha dado origen a la declaración de los derechos humanos.

Cuando se aplica el castigo físico se vulnera de manera importante la dignidad de los niños, niñas y jóvenes, por el irrespeto que ello representa como relación de fuerza, que no permite considerarlos como interlocutores válidos con quienes se puede llegar a acuerdos y consensos que no impliquen contacto físico, humillación y dolor.

Todo lo anterior, hace necesaria una transformación cultural que resignifique el concepto de dignidad aplicado a los niños y niñas por el solo hecho de pertenecer al género humano. Se hace necesario, entonces, permear la cultura y transformarla para desmontar el concepto tradicional de la niñez como objeto de cuidado y propiedad de los padres, que ha prevalecido durante tanto tiempo, y que señala con sabiduría la psicoanalista y pediatra francesa Françoise Dolto cuando afirma que: “Para el adulto es un escándalo que el ser humano en estado de infancia sea su igual”. La situación anterior debe reemplazarse por el reconocimiento de la plenitud de derechos que tiene que acompañar a los integrantes de esta fundamental etapa de la vida humana.1

La ética de la dignidad humana debe crear una ruptura frente a las concepciones pasadas y generar un nuevo imaginario sobre el niño, la niña y el joven, como perteneciente al género humano. Esta ética los humaniza y dignifica, pues la dignidad conlleva respeto, participación y calidad de vida.

Se trata pues, de una clara connotación humanizante que implica construir un nuevo saber sobre las familias con reconocimiento a cada miembro y a sus distintas edades evolutivas, cada una merecedora de dignidad y respeto, donde el necesario ejercicio de las jerarquías y el poder se fundamente ojalá en la más mínima dominación, mediante el ejercicio por parte del adulto de una autoridad dialógica, benevolente, serena y firme; requisito, en nuestro concepto, indispensable para una buena crianza.

Darle al niño o niña un trato respetuoso y digno es denotarles su propia dignidad, el valor que ellos mismos poseen, respetarlos como personas. La dignidad se aprende y se transmite.

En los últimos tiempos se ha acuñado un término muy valioso denominado “ética de la fragilidad”, por parte de Diego Gracia Guillén, reconocido bioeticista español, quien la define como: “Aquella ética que exige el respeto por el otro, aunque sea débil o precisamente por serlo, evitando tanto las agresiones por comisión (violencia), como aquellas por omisión (negligencia)”.

Es necesario, por lo tanto, el diseño de una estrategia de transformación cultural que lleve a sustituir los tratos crueles, degradantes y humillantes contra niños, niñas y jóvenes, por prácticas de disciplina y crianza no violentas. Esta transformación debe estar asociada con la resignificación del concepto de dignidad para los niños, niñas y jóvenes, lo que implica la expresión de respeto hacia ellos como actores sociales participativos, interlocutores válidos, sujetos de acuerdos y consensos en la dinámica de la crianza.

Lo anterior, debería acompañarse de una propuesta de crianza humanizada y humanizante por parte del Estado en un contexto multicultural amplio, que aporte significativamente al objetivo primordial de desaprender el maltrato, que formule una serie de pautas y acciones que incluyan un enfoque educativo hacia los padres, alrededor de los hitos del crecimiento y desarrollo de sus hijos, lo que se traducirá en un acompañamiento asertivo y justo del proceso de crianza para el disfrute de todos los participantes.4

Nos acompañan conceptualmente a los pediatras colombianos en esta cruzada por la abolición del castigo físico y de todas las acciones crueles, humillantes y degradantes, otras asociaciones pediátricas alrededor del mundo, entre las que merece destacarse la posición de la Academia Americana de Pediatría, la cual, en noviembre de 2018, emitió un pronunciamiento avalado por los 67.000 pediatras que la conforman, titulado “La disciplina efectiva para promover la salud infantil”, en el que se formulan una serie de principios y recomendaciones relacionadas con estrategias disciplinares en el contexto del proceso de la crianza infantil, invocando el hecho de que los pediatras continúan siendo importantes consultores para los padres de familia.

En dicho documento es notoria la impugnación que se hace a la utilización del castigo físico como estrategia disciplinaria en las relaciones adulto-niño. Dicha impugnación abarca también otras formas de castigo no físicas, pero igualmente crueles y degradantes, como aquellas que humillan, denigran, asustan o ridiculizan al niño.

Las estrategias disciplinarias aversivas que incluyen todas las formas de castigo corporal, además de las acciones de gritar y avergonzar a los niños, son, de acuerdo con investigaciones y seguimientos realizados, mínimamente efectivas a corto plazo e inefectivas a largo plazo.

Con evidencias recientes, los autores del pronunciamiento relacionan el castigo corporal con un mayor riesgo de resultados negativos de comportamiento, cognitivos, psicosociales y emocionales para los niños. Esta interacción negativa refuerza otras interacciones previas, en el contexto de una espiral negativa muy compleja.5

La Sociedad Colombiana de Pediatría manifiesta su compromiso indeclinable con una cruzada permanente orientada a la abolición de la violencia contra los niños, niñas y jóvenes, en el contexto de una cultura de paz que tanto necesita, anhela y merece nuestro país.4

Marcela Fama Pereira
Presidente
Sociedad Colombiana de Pediatría

Juan Fernando Gómez Ramírez
Director del Programa Crianza y Salud
Sociedad Colombiana de Pediatría

Bibliografía

  1. Cabrera Díaz, Esperanza. Reflexión sobre la dignidad del niño y niña. Col. de Bioética. 12(2),2017. Universidad El Bosque.
  2. García H, Teresa. No hay niño malo. 12 mitos sobre la infancia. 1a Paidós. México 2017.
  3. Marulanda, Ángela. Creciendo con nuestros hijos. 1a Ed. Cargraphics. Cali. 1998.
  4. Posada-Díaz Á, Gómez-Ramírez JF, Ramírez-Gómez H. Crianza humanizada: una estrategia para prevenir el maltrato infantil. Acta Pediatr Mex 2008; 29(5):295-305.
  5. Sege RD, Siegel BS; Council on child abuse and neglect; Committee on psychosocial aspects of child and family health. Effective discipline to raise healthy children. Pediatrics 2018; 142(6).