El aprendizaje de sentirse valioso en la niñez

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Recibir amor sin condiciones por parte de los padres y adultos significativos es la mejor experiencia que puede tener un hijo durante los primeros años de vida: así aprenderá que es valioso. Pero ese amor hay que expresarlo todos los días, con pequeños gestos, con caricias, con palabras. El niño es dependiente por naturaleza de sus padres y cuidadores, de tal modo que ellos atienden sus necesidades básicas de afecto, alimentación, compañía, abrigo, limpieza, etcétera. El sentirse atendido y amado le dará, poco a poco, la confianza básica requerida en su proceso de desarrollo.  Estos cimientos de amor  generoso e incondicional son muy importantes para construir la escala de valores.

Lo que se sienta, se diga, se haga y la forma en que se actúe en la vida diaria con un hijo serán las pautas que progresivamente se fijarán en su mente infantil. Los hijos sintonizan con el inconsciente de los cuidadores adultos, conocen sus sentimientos profundos, por lo que se debe revisar la propia escala de valores y el propio comportamiento, lo que es un buen comienzo para ser buenos modelos para la apropiación de valores. El niño que se siente y  se sabe valioso tiene de sí mismo una buena autoestima, la cual será el piso sobre el que construirá sus valores.

Que el niño aprenda que él es valioso es inseparable de que aprenda al tiempo que los otros también lo son y esto, a su vez, lo hará ser solidario. La solidaridad es dejar de pensar tanto en uno mismo y pensar en los demás. Es ampliar menos el “yo” y más el “nosotros”, es considerar que prevalece lo nuestro sobre lo mío, lo colectivo sobre lo individual, lo de todos sobre lo de uno solo.

Todos los seres humanos necesitan de los demás. Cuando dos o más personas se unen y se ayudan mutuamente para conseguir un fin común, se habla de solidaridad. Es tan grande el poder de la solidaridad que cuando se practica, con la fortaleza propia de ella se logran los objetivos y se resiste la adversidad. Por ello es necesario que los cuidadores adultos muestren interés en los asuntos del edificio en que se vive, en el barrio, en la región, etcétera. Es conveniente que en este proceso se sienta que los seres humanos se necesitan, se interrelacionan.

Hay un gran obstáculo para construir la solidaridad pues algunas personas buscan destacarse solos, ser notados y no les importa la suerte de los demás.  Los domina el afán de sobresalir, con la idea de que el mundo se compone de ganadores y perdedores.  Son individualistas, por lo que creen que cada uno debe defenderse por su cuenta.

La solidaridad es fraternidad, es ponerse en la situación del otro para entenderlo mejor, es sentir una vivencia similar y brindarle apoyo. La solidaridad implica reconocimiento de la diferencia, de la dignidad del otro, pues todos los seres humanos son diferentes e importantes, todos tienen derechos y deberes.

Al niño menor de tres años le cuesta trabajo compartir sus juguetes. De los tres años en adelante, con la orientación de los padres y en general de los cuidadores y hermanos, el niño construye la solidaridad. La solidaridad construye familia, construye región, construye país. Se puede dar ejemplo de solidaridad al participar en las labores de la casa, haciendo entre todos los oficios domésticos; participando en los trabajos de la comunidad; asistiendo a las asambleas donde se discuten los problemas del barrio; ayudando en el colegio de los hijos, asistiendo a las reuniones de padres de familia; visitando a los parientes y amigos cuando están enfermos, ofreciéndoles ayuda.

La solidaridad permite el reconocimiento de las personas diversamente hábiles, que son aquellas que tienen diferencias físicas, cognitivas o sensoriales pero cuentan con habilidades y capacidades funcionales que les permiten expresar de manera diferente, pero dignamente, su proyecto de vida: socialmente viven una experiencia de diferencia, y como un autor desconocido expresó alguna vez: “No es la discapacidad lo que hace difícil la vida, sino los pensamientos y acciones de los demás”.

Se puede reconocer la solidaridad como fuente especial de concienciación, es decir un despertar de la conciencia, con cambio en la mentalidad que facilite la comprensión de manera real y  correcta de la condición de vulnerabilidad de otra persona y su familia, con el análisis de sus causas y consecuencias que lleve a establecer acciones con sentido humano, eficaces y transformadoras, generando la formación de grupos de interés participativo ante estas vulnerabilidades.

Francisco Javier Leal Quevedo
Darío Alberto Botero Cadavid
German Soto Moreno

Pediatras puericultores

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