Editorial – La necesaria autoridad

La crianza, definida como el proceso de educar, instruir y dirigir a niños y jóvenes en la aventura de la vida, debe ser un acompañamiento inteligente y afectuoso basado en un ejercicio asertivo de la autoridad, que grupos de expertos califican como “autoridad benevolente” o “serena firmeza”.

El buen ejercicio de la autoridad en la crianza tiene como función enseñar a obedecer responsablemente dentro de un proceso gradual de socialización, entendida ésta como convivencia en democracia, objetivo primordial de la crianza.

Con mucha frecuencia se observa que las prácticas de crianza oscilan pendularmente entre la permisividad y el autoritarismo.

La primera deroga las normas estableciendo para el niño un enorme vacío y el segundo las refuerza pero de una manera amañada y caprichosa. Como la anota William Damon, por opuestos que puedan parecer, la permisividad y el autoritarismo de los progenitores y otros acompañantes de crianza, tienden a producir en los niños que los padecen personas con un autocontrol pobre y una escasa responsabilidad social, deletéreos ambos para un ejercicio vital gratificante.

En la aguda crisis social que afrontamos, es frecuente encontrar ambos tipos de ejercicio inadecuado de la autoridad: permisividad y autoritarismo.

La invitación que se hace con vehemencia desde el discurso de Crianza Humanizada, tiende al rescate de un buen ejercicio de la autoridad que le enseñe al niño a obedecer responsablemente, para que pueda desarrollar el autocontrol, la disciplina y el pleno ejercicio de la libertad con responsabilidad, elementos éstos necesarios para afrontar con éxito cada una de las etapas del proceso vital humano, en el contexto de la sabia reflexión de Emmanuel Levy cuando afirma que “La autoridad es el equilibrio entre la libertad y el poder.”