Editorial – El derecho a la participación de los niños y las niñas

El devenir histórico de la sociedad se ha caracterizado en su dinámica por un claro adultocentrismo, en el sentido de que la toma de decisiones ha estado siempre focalizada en las concepciones y pensamientos propios de la adultez, con un claro desconocimiento de la participación necesaria y posible de los niños, niñas y adolescentes en la toma de decisiones que los afectan y que determinan de manera importante su diario vivir como personas. En la década de los noventas, a consecuencia de la promulgación de la Convención sobre los Derechos del Niño, el derecho a la participación, entendida ésta como “el proceso de compartir decisiones que afectan la vida propia y de la comunidad en la cual se vive”, empezó a adquirir una importancia creciente en la dinámica social, habida cuenta de la trascendencia que tiene para la generación y el fortalecimiento de los conceptos de democracia y ciudadanía. Esta participación de los niños, niñas y adolescentes debe entenderse como un proceso y no como un evento, como bien lo anota Roger Hart. Se inicia desde antes de la gestación concomitantemente con los idearios afectivos de los futuros padres, se refuerza durante el proceso de gestación, cuando por ejemplo la madre percibe los movimientos del feto en su vientre, que le dicen amorosamente “Aquí estoy yo”. Así continúa sucesivamente después del nacimiento con el llanto como único lenguaje en los meses iniciales, luego con la sonrisa social y otros elementos interactivos, se va fundamentando el proceso participativo que lo irá acercando paulatinamente a la toma de decisiones, siempre en consonancia con su momento de crecimiento y desarrollo. Tiene entonces esta participación una dinámica gradual, acorde con la evolución de las facultades de los niños, sin excluir en ningún momento la necesaria acción orientadora del adulto, que abarca la instauración gradual y progresiva de rutinas, límites y normas en un contexto creciente de concertación y diálogo. El concepto de pre-ciudadanía que involucraba a los niños hasta hace pocos años ha evolucionado hacia el de ciudadanía con las características propias de su desarrollo evolutivo, fortalecida con la titularidad de derechos que le confieren los nuevos desarrollos legislativos universales. Todo lo anterior apunta a que la sociedad evolucione hacia el concepto de comunidad mediante el reconocimiento de todos sus integrantes como sujetos sociales, con el interés y la idoneidad suficientes para la toma de decisiones asertivas. Reconocer la importancia de la participación temprana en estos procesos está en concordancia con la sabia afirmación de Fernando Savater: “Los sujetos democráticos no se dan como los cardos así sin más, libremente, sino que son producto de la misma democracia”.