Dormir y estar despierto

Dormir y estar despierto

Camilo tiene tres años, casi siempre se duerme en la cama de sus padres o se pasa en las noches. Francisco
y Clara, los padres de Camilo, sienten que no están durmiendo bien, que están rindiendo menos en sus labores en el día y, además, esta situación está afectando su intimidad. Ellos se preguntan qué pueden hacer. 

Por: María Cristina Noreña Velásquez
Pediatra y puericultora 

Los padres son los llamados a establecer una rutina en sus hijos desde bebés para que unos y otros puedan dormir tranquilos y en su propia cama. Al mes y medio el niño tiene la capacidad para seguir una rutina de dormir, comer y estar despierto, siempre y cuando se le esté ayudando a crear un buen hábito de sueño.

Tener un horario organiza su cere- bro, lo ayuda a adaptarse al ambiente de su familia y, además, le permite a los padres descansar y organizar mejor las actividades. Es necesario, de igual forma, ser constantes, acostándolo siempre a la misma hora para que logre establecer la rutina.

Es fácil aprender a reconocer las señales de su hijo cuando tiene sueño. Muchos niños se vuelven inquietos o lloran cuando están cansados, pero otros frotarán sus ojos, jalarán sus orejas o tendrán la mirada fija en el espacio. Lleve a su niño a la cama cuando usted note que está cansado, estando somnoliento, pero despierto para que vaya aprendiendo que su cama es para dormir.

Si es posible, es mejor que desde pequeño el niño duerma en su propia cama. Alrededor de los seis meses está en capacidad de dormir períodos largos durante la noche sin levantarse a comer. La mayoría duerme toda la noche a los nueve meses de edad.

Todos los niños, por lo general, se despiertan brevemente durante la noche. Su hijo debe aprender a dormirse solo. En los primeros meses, es bueno relajarlo y arrullarlo, pero al ponerlo en su cuna debe estar aún despierto. No es conveniente que se duerma en los brazos de los padres o en otra cama y luego se despierte en su cuna, pues esto puede darle la sensación de engaño e inseguridad.

No se debe usar el seno o el biberón para hacer dormir al niño, pues esto puede hacer que incluso en la noche necesite ser alimentado para volverse a dormir; evitando así que se creen buenos hábitos de sueño y perturbando durante meses, e incluso años, su propio sueño y el de sus padres.

Al acostarlo, hay que hacerle saber que es hora de dormir; es importante crearle un ambiente tranquilo, susurrarle, cantarle, darle un masaje, acariciarlo suavemente, bañarlo y darle de comer por última vez antes de dormir. Es probable que a veces se mueva en su cama, se despierte o llore un poco. Se debe revisar que todo esté bien, pero no acabe de despertarlo, ni tampoco lo alimente inmediatamente, pues seguramente encontrará la manera de volverse a dormir: tal vez se chupe el dedo o acaricie su cobija para encontrar acomodo. Debe aprender a dormirse, a calmarse a sí mismo durante la noche, lo que es la base de su futura independencia.

Familia en vela

Los padres y hermanos mayores también necesitan dormir. Si se que- dan toda la noche arrullando en repetidas ocasiones al niño o dándole de comer varias veces, alterarán su propio patrón de sueño, lo que va a llevar a cansancio durante el día, sensación de enojo, problemas matrimoniales y menos rendimiento en las labores del hogar o del trabajo. Si la familia o amigos han ofrecido ayuda, se debe aceptar el ofrecimiento. La hora de siesta de su niño, en lo posible, no debe ser su hora de hacer las labores del hogar: descanse cuando su niño lo hace.

Los hábitos de sueño del niño se pueden ver afectados por cualquier cambio en la rutina diaria. Los días muy agitados, cuando se sale a paseos o se ha tenido visita en casa pueden hacer que él tenga más dificultad para dormirse a la hora de siempre, pero debe mantenerse, en lo posible, la hora acostumbrada para acostarse.

Los patrones de sueño cambian con la edad y el desarrollo. Empezar a ga- tear o caminar pueden ponerlo inquieto, sobre todo al final del día. El niño se preguntará: ¿Por qué irse a dormir si está aprendiendo tantas nuevas cosas? Sin embargo, debe tratar de mantenerse siempre una rutina. Pueden cargarlo, darle de comer y luego ponerlo en la cuna y esperar un rato con él, en silencio, sin buscarle más juego. Si a esa hora los padres están cansados y de mal humor, deben calmarse primero, pues si cargan al niño estando nerviosos o enfadados, él lo sentirá y puede tardar más en dormirse.

Fijar límites

Cuando el niño empieza a parar- se en su cuna, aproximadamente al año de edad, se le debe detener suavemente para que siga acostado, explicarle que es de noche, hora de descansar y aunque quizás se enfade, no se le debe sacar de la cuna: pronto se convencerá de que no queda más remedio que dormir.

Entre el año y los 18 meses, la mayoría de los niños dejan de tomar siesta en las mañanas, aunque continúan tomándola en la tarde hasta los tres o cuatro años. No es conveniente que la siesta de la tarde dure más de tres horas ni que acabe cuando empieza a anochecer, pues esto podría dificultar que el niño se duerma temprano en la noche.

Alrededor de los dos años, los niños construyen autonomía e independencia, lo cual puede llevar a luchas a la hora de acostarse. Los padres deben fijar límites y establecer reglas claras para la hora de dormir. Cuando el niño puede bajarse de la cama, hay que estar atentos, acudir cuando llame, asegurarse de que todo anda bien, calmarlo y, si es necesario, acompañarlo un rato, dándole lo que requiere; pero no permitirle que se pase a la cama de los padres.

Los niños, desde etapas muy tempranas, disfrutan cuando alguno de sus padres o un adulto significativo les cuenta o les lee un cuento a la hora de dormir.

Algunos niños en edad preescolar pueden tener temores durante la noche o sufrir pesadillas. Es prudente acompañarlos, mostrarles que no hay fantasmas ni monstruos en el armario o debajo de la cama, sin burlarse y decirles que cuentan con sus padres para hacerlos sentir seguros. Cuando su hijo despierte asustado por alguna pesadilla, vaya a su cuarto, acompáñelo y abrácelo, así se calmará y volverá a dormirse más pronto.

Situaciones generadoras de estrés como el ingreso a la escuela, un cambio de casa, o el nacimiento de un hermanito pueden aumentar las pesadillas. Para disminuirlas, hay que procurar que el niño se sienta tranquilo, seguro y relajado mientras esté despierto; para esto puede ser útil impedirle que vea programas de televisión con escenas de violencia o terror, así como evitar que presencie discusiones entre los padres, y, a cambio, contarle un cuento tranquilo o cantarle.

El niño debe ver su habitación y su cama como un sitio para dormir que le traiga sensaciones agradables; por ello, debe estar siempre limpia y arreglada. La habitación debe tener en lo posible una decoración sencilla, con un ambiente tranquilo y, ojalá, que no sea el sitio donde se ve televisión. Nunca se debe mandar al niño a la cama como castigo, pues se echaría a perder todo el esfuerzo de lograr un buen hábito para dormir al relacionar su pieza con algo desagradable.

 

Recomendaciones

  • Prendan en la noche un bombillo que dé poca luz para que el niño no se distraiga a la hora de dormir.
  • No duerman a su niño con ustedes en la misma cama.
  • Carguen a su niño, arrúllenlo, cuidando de que no se acostumbre a dormirse en brazos.
  • Eviten que la alimentación a la hora de dormir sea una condición permanente.
  • Procuren acostar siempre al niño a la misma hora.
  • Atiéndanlo cuando llore en la noche. Cálmenlo si tiene miedo o tuvo una pesadilla.
  • Cuéntenle o léanle un cuento cuando ya está acostado. Acompáñenlo un rato para que se duerma tranquilo.
  • No permitan que se levante en la noche. Con cariño, pero con firmeza, regrésenlo a su cama las veces que sea necesario.
  • Mantengan limpia y arreglada la cama de su niño.
  • Nunca lo manden a la cama como castigo.
  • No utilicen la televisión como un arrullo para dormirlo.