Disciplina positiva*: firmemente amorosa

“Flexible no es permisivo.

Contenedor no es consentidor.

Firme no es severo.

Predecible no es aburrido.

Sensible no es débil.

Consecuente no es intransigente.

Solo una semántica precisa pavimenta el camino hacia la crianza respetuosa, hacia los vínculos de apego seguros”.

Álvaro Pallamares

En el tema de la disciplina la gran mayoría de padres, educadores e incluso adultos que tienen menores a su cargo, se debaten entre opciones opuestas en el momento de asumir una postura mediante la cual transitar en la formación de los niños.

De igual forma, suelen desplegarse en los medios, redes sociales y tendencias de opinión, ideas sobre la crianza, el desarrollo y la educación de los niños que generalmente asustan, confunden y generan inseguridad en los adultos acerca de cómo implementar y mantener una sana disciplina.

No es raro, por ejemplo, encontrar artículos y mensajes frecuentes que llaman la atención en torno a los peligros de la llamada “tiranía infantil”, es decir, la actual tendencia de los niños a ordenar, exigir y demandar de sus padres el cumplimiento y satisfacción de sus caprichos y deseos.

Sin embargo, esta tiranía, más que un problema de los niños, resulta siendo una dificultad de los padres, quienes, en parte, acogiendo mensajes igualmente alertadores que indican que el uso de estrategias de castigo y excesiva firmeza podrían relacionarse con dificultades afectivas y comportamentales en los niños, tienden a evitar poner límites y presentan dificultades en el momento de establecer normas y correctivos en el hogar; quedan entonces estos padres atrapados en una paradoja entre el riesgo de criar niños “tiranos”, por un lado, y el temor de afectar emocionalmente a sus hijos al impartir un correctivo, por el otro.

De esta manera, los adultos, y más especialmente los padres, se sienten indecisos y temerosos frente a la educación y la crianza; por una parte, reconocen la importancia y necesidad de que los niños aprendan que el mundo y la sociedad se rigen a través de reglas, saben que gran parte de su papel está en que el niño consiga entender que hay normas de comportamiento y límites de acción, y que, por el bien propio y común, estas deben respetarse y seguirse en cualquier contexto social.

Pero, a su vez, los padres también sienten la incertidumbre de no saber cómo hacerlo, el temor de no poder definir con claridad cuánto, cuándo o de qué manera implementar un límite o corregir adecuadamente una conducta equivocada; y en algunos casos sienten incluso también tristeza o angustia de que, al establecer un límite o una negativa, generen dolor y sufrimiento en el niño, que este pueda pensar que no lo aman, o que ellos mismos puedan llegar a perder su amor.

Podríamos resumir diciendo que los padres se debaten entre la firmeza y la afectuosidad en el camino de la crianza de sus hijos. Y como resolución a este conflicto suelen tomar generalmente alternativas como asumir de manera vehemente una de las dos posturas (firmeza o afectuosidad) defendiendo férrea y exageradamente su convicción, mientras simultáneamente atacan el polo contrario.

Así, por ejemplo, algunos optan por ser padres muy rígidos y firmes en el establecimiento de reglas, rutinas y sanciones; padres que controlan, ordenan, castigan, amenazan y reprochan en nombre de la buena crianza, e incluso del amor por sus hijos; y atacan tildando de sobreprotectores, irresponsables y débiles a los padres que actúan diferente. O, en el otro polo, algunos pueden llegar a ser padres excesivamente complacientes y permisivos, que dejan de establecer rutinas y límites, que ruegan, premian o chantajean a sus hijos y que les facilitan y resuelven todo en nombre del inmenso amor que tienen por ellos, al tiempo que recriminan a los padres que actúan diferente juzgándolos como maltratadores y “militares”.

Un tercer grupo, quizás el más frecuente, simplemente alterna entre uno y otro bando, comportándose de manera ambivalente o reaccionando en cada situación de acuerdo con las circunstancias, con su propio estado anímico o con el nivel de tolerancia del momento producto de las tensiones y luchas del día a día.

Estos últimos intentan manejar la crianza evitando tensiones, pareciendo muy afectuosos, amables y comprensivos, pero pierden la paciencia rápidamente y descargan sus emociones en el niño, dando de un momento a otro un brinco hacia el otro lado, y entonces echan mano de la excesiva firmeza y, con esta, de los gritos, amenazas o reprimendas, para posteriormente sentirse culpables y confundidos, y devolverse entonces a la complacencia, intentando reconciliarse o enmendar la situación con el niño. En ese ciclo de autoritarismo y permisividad desempeñan su rol muchos padres de hoy.

Es innegable que en cualquiera de estas posturas se corre el riesgo de desarrollar importantes desafíos de conducta en los niños, ya sean estos ansiedad, depresión, sumisión y retraimiento o rebeldía, o también tiranía, intolerancia a la frustración, manipulación y dependencia; esto como consecuencia de pautas de crianza polarizadas o poco claras que terminan generando más y mayores dificultades o desafíos de conducta que los que intentaban inicialmente resolver.

La disciplina positiva es un estilo de formación y acompañamiento que, enmarcado en la crianza humanizada, promueve una cuarta opción: la de mantenerse tanto como sea posible (pues todos, incluso los padres, son humanos y en su humanidad en ocasiones se equivocan o pierden el control) en una postura simultánea de firmeza y amor hacia los niños, entendiendo la firmeza como el establecimiento de normas, rutinas y límites consistentes, y el amor como la afectuosidad unida a un verdadero respeto por el niño como un sujeto pleno de derechos, como ser en formación, como persona que ya es y que a la vez está aprendiendo a ser.

Dicha propuesta consiste en mantener límites claros e ir acompañando a los niños a reconocerlos, entenderlos y aceptarlos, pues para establecer un límite no hace falta recurrir al autoritarismo o al poder.

Aquí el verbo “acompañar” tiene una significación profunda, ya que, desde el esquema de la disciplina positiva, el adulto y el niño como sujetos de derechos se encuentran en el mismo nivel, pues tienen la misma dignidad; por tanto, si bien no son “pares”, sí son iguales, no hay uno por encima del otro: no hay un niño que se impone ante un adulto y no hay un adulto en posición de superioridad y poder que gobierna al niño.

Hay un adulto que lleva el rol de guía, líder inspirador y orientador del proceso, y que como tal no impone, sino que acompaña al niño con amor y lo hace incluso al punto de mantener un límite aun sabiendo que este genera rabia o frustración en el niño, pero precisamente por ser el adulto líder y modelo, es capaz de comprender, contener y acompañar la expresión de esa emoción incómoda o molesta sin juicios, reproches, amenazas o represiones, y, por supuesto, sin ceder en el límite.

Este estilo de padres, cada vez en aumento, usa estrategias simples, pero poderosas, tales como: la anticipación a los sucesos (avisarle o informarle al niño lo que va a suceder, sin amenazar, sino simplemente anunciándole), crear empatía y validar las emociones del niño en lugar de ignorarlas, minimizarlas o reprimirlas, ofrecerle al niño formas apropiadas de expresar sus emociones y de recuperar la calma usando el afecto y la proximidad física, presentarle siempre que sea posible alternativas válidas y razonables para permitirle al niño elegir y experimentar un grado adecuado de influencia sobre su propio entorno, y dedicarle tiempo especial a compartir y fortalecer los lazos afectivos.

Además de lo anterior, ser modelo explícito de conductas y hábitos para que el niño pueda imitarlas, tomarse el tiempo suficiente de entrenarlo para que adquiera una rutina o una habilidad, redirigir y distraer la conducta hacia otro punto, escuchar y preguntar más que sermonear y ordenar, establecer y seguir acuerdos de manera respetuosa, razonable y útil; favorecer que el niño experimente las consecuencias desagradables de sus acciones y decisiones (siempre que estas no atenten contra su integridad) para luego reflexionar junto a él acerca de lo inconveniente de la decisión tomada, proponer y alentar la búsqueda de soluciones o de formas de enmendar los errores en lugar de la búsqueda de castigos o formas de pagar por los errores, y muchas otras más que, en definitiva, se resumen en la implementación de una disciplina firmemente amorosa.

De esta manera, los desafíos de conducta seguirán estando presentes en la crianza, pero el padre o educador entenderá que su rol va más allá de suprimir conductas inadecuadas, muchas de las cuales son, por demás, propias de la edad, lo que consiste precisamente en usar estas conductas inadecuadas para desde allí construir habilidades para la vida, y, sobre todo, para tener la tranquilidad de que las estrategias que está utilizando no generarán aún más desafíos.

Por: Ana María Reyes Castro

Psicóloga clínica y Certified Positive Discipline Educator

*Para conocer más sobre la disciplina positiva, contacte en Facebook: Firmeza y Afecto Disciplina Positiva.