Descubriendo otro lenguaje: lectoescritura

“Nos dolería menos la vida si la supiéramos realmente leer-escribir, que, como vimos, no son actos aislados ni independientes. Desde el leer-escribir no hay rabia, hay comprensión; no hay juicio, hay aprendizaje; no hay impotencia, hay creatividad; no hay violencia, hay construcción. La lectura, en su sentido profundo, es parte fundamental de la formación de los seres humanos en los paradigmas de colaboración, respeto y libertad. La lectura, en su sentido profundo, es un insumo vital para aprender desde la alegría y no desde el temor y el castigo”.

Michèle Petit

 El ser humano siempre ha escrito. Una de las maneras de expresar el vasto contenido interior lo constituye el lenguaje escrito. A su paso por el mundo el hombre ha expresado lo que siente, desea, ve y anhela. Este lenguaje se compone de símbolos. El niño desde sus primeros meses de vida escribe: con el dedito crea símbolos en la arena, en el barro o en cualquier lugar donde él pueda ver que ha dejado una marca.

La lectura y la escritura son dos habilidades simultáneas que se inician muy temprano en la vida del niño. El niño pequeño lee los latidos cardíacos de su madre, lee el ambiente exterior, la paz de la abuela, las caricias de la familia, la agitación del hermanito, el enojo de la tía. Es un excelente lector de todo el lenguaje del cuerpo, del lenguaje no verbal.

Es necesario hablarle al niño desde la época de recién nacido, contarle el mundo, decirle lo que está sucediendo, cantarle canciones, silbar, acariciarlo. De esta manera, se le introduce al mundo de los sonidos, de los gestos y de los símbolos, lo que le servirá para decodificar más tarde, de manera juguetona, los signos del lenguaje.

Existe otra forma de leer y escribir: es simplemente leer y escribir el mundo, que se refiere a la capacidad de los seres humanos de conectarse con el universo, de leer los sentimientos de las personas que les rodean y poder escribir los propios de una manera tal, que puedan ser leídos por esas personas cercanas. Esta forma de lectura y escritura, desarrollada tempranamente en el niño, constituye verdaderas plataformas sobre las que edificará su identidad. Así podrá preguntarse en la adolescencia: “¿quién soy?”, “¿quiénes son los otros?”, “¿quién soy para ellos?”, “¿quiénes son ellos para mí?”.

Antes se entendía como alfabetización solamente a la posibilidad de desarrollar habilidades para leer y escribir, pero la alfabetización es poder crecer en las capacidades reflexivas del sujeto. Es la capacidad de leer el universo, el clima, el verde de los campos, los gestos y las emociones propias y del otro; es sentirse a sí mismo y sentir al otro, es poder leer a los que están cerca y a los que están lejos.

El cuerpo es un libro abierto, uno en el que se inscriben tempranamente las emociones, los anhelos y fracasos, así como las frustraciones, batallas, triunfos, venganzas, alegrías, dolores y tantas otras sensaciones. Una madre, padre y maestro amorosos son capaces de leer tempranamente al niño que está allí al frente; pueden leer su intranquilidad, sus miedos, sus afanes. Enseñar al niño esa otra forma de lectura, leer los ojos de sus compañeros, leer a los que están cerca y a los que están lejos, en un alfabeto de emociones y de símbolos universales y particulares es una alabanza, una manera de construir magia, de generar milagros, de hacer democracia.

Los padres y maestros deben tener una actitud lectora, lo que motivará mucho más en el niño el interés por las letras. Desde muy temprano el hogar debe disponer de un ambiente propicio para la lectura enmarcado en la emotividad, tranquilidad, paciencia, seducción, disponibilidad de tiempo, juego, sensibilidad y magia.

Jamás se le debe imponer la lectura al niño como una rutina de formación. Este debe sentir el placer y el afecto de la persona lectora, la que le enseña el placer de leer. Se puede leer en la sala, en el baño, en el patio, en el consultorio médico, el cine, etc. Se empieza leyendo lo que a los padres y al niño les encante: poesía, cuentos, rimas, canciones, adivinanzas, avisos publicitarios y tantas otras cosas. Lo fundamental es conectarse con las necesidades del niño que escucha, sin cansarlo, haciendo del ejercicio de leerle un espacio de aprendizaje significativo.

A partir de los dos años, el niño empieza a tener más fuerza en la mano, a tener control sobre sus movimientos e intenta no salirse del espacio limitado que le da el papel. Pinta líneas, círculos y muchas rayas. Es tan solo después del segundo año cuando empieza a plasmar los esbozos de la figura humana, pinta un círculo al que le pone los brazos y las piernas, trata de pintar historias, fantasías y vivencias, y muchas veces tiende a acompañar sus pinturas con explicaciones y relatos.

Para que el niño plasme en el papel o en la pared necesita un desarrollo adecuado de la mano. Esta expresa una madurez más exquisita del cerebro creador del ser humano. Se puede estimular esta función motriz fina con algunos ejercicios, como ponerlo a rasgar papeles en tiras, meter granos en un frasco, arrugar papel (empezando por uno fácil y suave como el de seda y terminando con uno duro como el de las revistas), subir cremalleras, enrollar madejas, pintar con los dedos, entre otros.

Muchos niños en esta etapa requieren superficies donde plasmar sus gráficos. La pared de la casa se convierte muchas veces en un tablero clandestino produciendo verdaderas crisis familiares. Si los padres no consienten que el niño pinte las paredes es conveniente explicarle el porqué no se debe pintar toda la casa. Se le puede asignar una pared exclusiva para sus actividades de lectoescritura o disponer de papeles para que trabaje.

Hay algunas familias que son más flexibles y consideran que esta etapa del garabato en las paredes es transitoria y que una vez que se supera este período pintan las paredes dejando algunos muros de recuerdo. Lo importante es ser flexibles y atender las necesidades del niño y las de los padres, concertando y llegando a acuerdos sobre esta situación.

Para los niños el dibujo es una forma de escribir el mundo y de escribirse ellos mismos en este; es una de las formas de expresión de su vasto mundo emocional. Los dibujos son símbolos o representaciones de su funcionamiento interior. La hoja es un universo y las líneas, texturas, trazos y colores son expresiones individuales y sagradas que no deben ser manipuladas. Los niños deben hacer sus dibujos espontáneamente, pues estos últimos hablan de su mundo interior.

Al respecto, una niña de tres años pinta una vaca de color rosado. La maestra inquieta le corrige, diciéndole que la vaca puede ser negra, blanca o café, pero no rosada; la niña le responde que la suya es rosada porque está sofocada. ¿Por qué las vacas no pueden ser azules? Son vacas del mundo interior de la niñez. ¿Por qué la luna no puede ser cuadrada? ¿Por qué las flores no pueden hablar? ¿Por qué los números y letras no pueden salirse de la línea? ¿Por qué los pájaros no son del color del arco iris? ¿Por qué el arco iris no es negro?

Es necesario que tanto padres como maestros comprendan que los niños en esta etapa manifiestan sus emociones por medio de sus dibujos, y que allí están inscritos sus miedos, inquietudes, alegrías, afirmaciones, descubrimientos y muchas cosas más. El día que esto sea claro para los adultos significativos se dejará de exigir determinados colores, formas, texturas y se dejará de manipular este hacer que es un retrato muy aproximado de su ser. Los colores son los avioncitos que viajan por el universo llevando las emociones del mundo infantil.

Las habilidades de la mano corresponden a las de todo el desarrollo psicomotor del niño: este escribe con todo su cuerpo. La preparación para la lectura la hace con el juego: giros, ula ula, pararse de cabeza, correr, saltar, etc. Es preciso resaltar, que durante los procesos iniciales de lectoescritura el niño está construyendo autonomía. En este momento debe tener un grado suficiente de dominio de su propio cuerpo y un buen grado de intimidad y de respeto para evitar la sensación de invisibilidad y disminución.

Efectivamente, los niños para iniciar estos procesos alquimistas de lectoescritura no necesitan ni gendarmes ni aduaneros, necesitan verdaderos magos que combinen la esperanza como único método pedagógico, envuelto en papelitos de amor, mucha creatividad, intuición, humildad, alegría, canto, juego y risa, sin la cual la existencia se extingue y muere. Magos llamados maestros de la niñez. La lectura deberá ser ese lugar en el que el niño conjugue su capacidad de pensar, sentir, reflexionar, ser crítico, soñar, reír, jugar y todas las demás características del saber humano.

Para muchos padres la etapa de lectoescritura de su hijo es sentida como una crisis de dimensiones muy desproporcionadas: sienten mucha angustia por los logros del pequeño y desean muchas veces mostrarle al niño que él lee como resultado de su esfuerzo y crianza. Por otra parte, lo suelen invadir con órdenes desconectadas de la realidad y algunos sienten como si fueran ellos los que estuvieran viviendo la etapa; algunas madres hacen las tareas de sus niños porque los “pobrecitos” están cansados, otras llegan a los gritos o maltratos por la poca tolerancia a la frustración que les produce el supuesto fracaso escolar.

Los padres deben recordar que tanto la lectura como la escritura son un acto mágico que depende de la formación del niño, de los ambientes familiar y escolar, del estímulo, y, sobre todo, deberán recordar que cada niño tiene su propio ritmo, su propio gusto y que ninguno es igual a otro: cada uno es único e irrepetible. Así que deben aprender a disfrutar esta etapa en lugar de sufrirla, deben entender que la función de los padres y maestros es la de un partero, que sabe que su función es estar allí, esperando que el fruto salga, sin presionar, acompañando, vigilando con responsabilidad y sin opresiones ni manipulaciones. Entonces, aprenderán a leer verdaderamente el mundo.

Recomendaciones

  • Estimulen al niño desde la vida intrauterina, hablándole y arrullándolo.
  • Desde el nacimiento y durante la primera infancia, háblenle acerca de lo que está sucediendo, cuéntenle el mundo que le rodea.
  • Lean el lenguaje del niño como una manera de que él aprenda a leer el mundo.
  • Cántenle, arrúllenlo, cuéntenle pequeñas historias.
  • A partir de los seis meses consigan cuentos de láminas de material resistente.
  • Estimulen la aparición de los primeros trazos o garabatos.
  • Enséñenle a observar la naturaleza, los animales, el clima, etc.
  • Hagan escritos al lado del niño y, cuando sea mayorcito, pídanle ayuda en esto.
  • Creen en su hogar un ambiente que fomente la lectura.
  • Léanles cuentos a los niños en un espacio placentero cuando ustedes se sientan motivados y cuenten con el tiempo para hacerlo.
  • No presionen ni obliguen al niño a leer ni a escribir.
  • Estén tranquilos y esperen que el niño inicie sus primeras figuras y letras.
  • Pongan a disposición del niño mayorcito cuentos propios de su edad y greda, así como crayolas y plastilina.
  • Estimulen la motricidad fina con juegos y ejercicios.
  • Disfruten la lectoescritura de su hijo.

 

Por: Carmen Escallón Góngora
Pediatra puericultora
Terapeuta de familia
Universidad de Cartagena