Crisis familiares y crisis adolescente

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La palabra crisis significa peligro y oportunidad. Es frecuente asociar la idea de crisis con dificultad, riesgo y peligro. Sin embargo, la esencia del concepto está más próxima a la de cambio crucial, y se refiere a todos aquellos estados en los que los sistemas se desequilibran cuando a ellos llega una situación generadora de estrés. Las situaciones generadoras de estrés pueden estar dadas por ganancias o pérdidas.

Toda crisis, aunque resulta dolorosa e incómoda para el sistema familiar, es la oportunidad para producir cambios. Los cambios siempre están precedidos por una crisis. En efecto, la crisis puede marcar el empeoramiento o la destrucción del proceso, pero también su fortalecimiento y optimización.

La adolescencia significa una crisis para la familia: como toda crisis, desequilibra a todo el sistema. Toda la familia sufre cambios propios de la crisis adolescente.

Los padres del adolescente están experimentando sus propias crisis vitales; una de la más abrumadora es la llamada crisis de la mitad de la vida. Alrededor de los 45 años los padres se confrontan acerca de lo que han vivido, acerca de lo que les resta por vivir; hacen balance de vida y de muerte. Es decir, los adolescentes y sus padres tienen la misma crisis vista desde ángulos diferentes.

El adolescente se pregunta: “¿Quién soy?”; el padre, “¿Este es el hombre que he querido ser?”. El muchacho dice: “¿Qué me espera en el futuro?”; el padre, “¿En el futuro debo vivir esta vida que llevo?”. El hijo cavila: “¿A qué me voy a dedicar cuando adulto?”; el padre, “¿Cuál será mi actividad el resto de mi vida?”. El joven reflexiona: “¿De dónde vengo y hacia dónde voy?”; el padre lo hace acerca de exactamente lo mismo.

Estas dos crisis juntas producen una relación difícil entre padres e hijos. Por otra parte, cada uno está viviendo duelos por pérdidas de la etapa anterior. El adolescente está viviendo duelos por la pérdida del cuerpo del niño, un cuerpo que le era conocido, con el que se sentía seguro y cómodo, para tener que vérselas súbitamente con un cuerpo cuyas manos y pies no controla, con una voz que desconoce, una piel que se hace áspera y llena de barros, presencia de vellos, y unas caderas y unos pechos turgentes.

Los padres afrontan un nuevo cuerpo que empieza a envejecer: aparecen canas, arrugas, pérdida de la agudeza visual, pérdida de agilidad y de capacidad física. El muchacho está en duelo por la pérdida de los padres del niño, unos padres omnipotentes, veraces, justos, poderosos; y afronta a los padres del adolescente, que son “humanos”, débiles, llenos de incertidumbres y capaces de mentir.

Los padres están en crisis por la pérdida del niño, ese que se identificaba con ellos, que se ponía su ropa y la mostraba con orgullo, un niño gracioso y obediente; para afrontar un muchacho que lo pregunta todo, lo cuestiona todo, que se separa de ellos, permanece mucho tiempo con los amigos, cuestiona la religión, el tiempo no le pertenece, habla horas por teléfono, usa una ropa absurda y el pelo es un desastre.

adolescentes2El chico vive en crisis, además, por la pérdida del rol de niño, ese rol de llevar lonchera cuidadosamente arreglada por la madre, de sentir que lo protegían, lo cuidaban, para el que las caricias eran una necesidad, y tener que vivir el rol del adolescente: independiente, con deseos de libertad, confuso antes las caricias, que se avergüenza cuando lo llevan a la puerta de la casa de los amigos.

Unos padres que están en duelo por la pérdida del rol de padres del niño, esos que sabían dónde estaba su hijo, que lo acariciaban, que le leían cuentos antes de que el chico se durmiera, que iban juntos los domingos a casa de la abuela, para de un momento a otro estar ante un chico que no desea que lo besen, y descubrir que no hay loncheras, ni tareas que supervisar.

La adolescencia es una alegría que duele. Unos hijos que se esfuerzan por definirse, unos padres que muchas veces se oponen a esta tarea por el miedo a la soledad, al nido vacío, a los fracasos de los hijos.

En esta lucha muchas veces los adolescentes se encuentran con un sistema familiar que los descalifica. Los padres equivocadamente ejercen poder mediante la crítica y el rechazo de los comportamientos de los hijos. Y entonces, el poder de la protesta crece en los hijos por la continua devaluación de los comportamientos paternos.

Expresiones como las siguientes muestran la forma inadecuada de proceder de algunos padres, víctimas de la crisis adolescente: “… pareces un matón con esa ropa, y qué decir de esos colgantes en el cuello. ¿Tú crees que un hombre se viste así?”; “… Sofi, no es que yo quiera meterme en tus cosas, pero vistes como una mujer de esas fáciles. Hija, deberías vestir más recatada”.

El adolescente que está creciendo necesita la aprobación de los adultos y el reconocimiento de los padres, para volverse más seguro. Esta aprobación no siempre se da. En medio de los muchos miedos que sienten los padres, la crítica se hace presente, lo que provoca una exasperación en el muchacho descalificado que insistirá a toda costa en ser aceptado y reconocido por el otro.

Muchas veces estos muchachos al no ser reconocidos por la familia emprenden cruzadas para lograr el reconocimiento de esos seres “difíciles” y buscarán por el resto de su existencia la relación con este tipo de personas. Se ve aquí la gravedad de no ser aceptado como persona en medio de la maraña familiar en crisis.

El no ser aceptado como es origina en el adolescente un grave menoscabo a procesos fundamentales, como la confianza, la seguridad, la concentración y la autoestima. Igualmente riesgosa es la conducta indiferente de algunos padres. Esta indiferencia hace sentir al muchacho invisible, inexistente, llevándolo a estados de depresión grave.

Uno de los procesos más difíciles del ser humano es definirse y estructurar la propia identidad. En la etapa de adolescencia de los hijos, muchos padres están consolidando su propia identidad. Más que una debilidad, se trata de una oportunidad que tienen los padres para crecer ellos como personas.

Los padres con personalidad madura son aquellos que no le temen a las diferencias con su hijo, que tienen la certeza de que no se debilitan cuando aceptan del adolescente aspectos que hablen de su propia identidad, aunque sean opuestos a sus gustos. Estos padres son los modelos que el adolescente necesita para cumplir su tarea en esta maravillosa etapa.

Pero usualmente se trata todo esto de un juego de identidades, una batalla campal de identidades: la del muchacho que desea expresar lo que es él, como ser único, y la del padre que teme perder su razón de ser, al aceptar la identidad de su hijo. ¿Cómo termina esta contienda?

La negativa a reconocer la definición del otro no es producto de la vulnerabilidad, sino de la arrogancia. Lo que confunde es que muchas veces el orgullo que descalifica el modo de vida del otro se enmascara tras la indiferencia, la presunta sabiduría de cómo debe vivirse o aun la engañosa vulnerabilidad.

Existen juegos peligrosos en relación con la aceptación o descalificación del adolescente por parte de los padres: juegos de nunca acabar produciendo un daño muy grande, difícilmente reparable en el joven y en los progenitores.

En muchos casos, el conflicto entre quien descalifica (los padres) y quien se empeña en ser aceptado (el hijo) parece perpetuarse por el orgullo de los padres, quienes procuran comunicarle al hijo que: “Así como tú quieres ser no está bien”, y que será aceptado solo cuando sea como lo desean los que se creen con el derecho de aceptar o descalificar.

Si ninguno cede en sus posiciones, es porque el orgullo de los padres los lleva a sostener: “Te acepto solo cuando tú entiendas que yo tengo la razón”. Y el hijo no rompe el juego ni se aleja porque su razón de ser es, precisamente, aquello que los padres no aceptan y juzgan siempre como un terco, inútil y equivocado desafío.

El adolescente, por su parte, no comprende claramente cómo es, no tiene tiempo de conocerse, ni de hacer su tarea de vida, porque toda su energía la gasta en oponerse al padre y contradecirlo. Se construye una verdadera guerra arrogante y perversa que es alimentada por la oposición y el orgullo, con el agravante de que esta relación conflictiva atrae y liga tanto como el amor.

La familia como sistema tiene una fuerza que le hace permanecer estático y otra que le empuja hacia el cambio. Una familia es tanto más sana cuanto más abierta está para ser transformada por los cambios y sin que por ello pierda su peculiaridad de base. Mientras que las familias rígidas se enferman fácilmente, se oponen al cambio y producen miembros con pobre posibilidad de emancipación.

La familia con hijos adolescentes se prepara para lanzar a los hijos al espacio social y a continuación sentirá la cercanía de la etapa de nido vacío con los duelos anticipatorios propios. Esto hace que muchos sistemas familiares posterguen la emancipación de los hijos, para así tenerlos en el nido y evitar mágicamente el vuelo.

Es necesario que tanto padres como adolescentes aprendan a conocer todas las modificaciones que están sufriendo y que exista entre las dos partes tolerancia, respeto y mucho amor. Este será el mecanismo mediante el cual las crisis serán oportunidades para que todos efectúen su tarea: los adolescentes obtener su identidad y prepararse para emanciparse, y los padres terminar de hacerse a sí mismos.

Recomendaciones

  • Hablen acerca de los miedos que tanto padres como hijos sienten.
  • Expresen la incomodidad que están viviendo ante las modificaciones de la familia.
  • Sean flexibles.
  • Eviten buscar culpables por la crisis familiar.
  • Elaboren rituales sencillos para hablar sobre lo que está sucediendo.
  • Eviten el juicio y el reproche.
  • Aprovechen los cambios adolescentes para seguir creciendo como padres.
  • Busquen ayuda profesional si los conflictos no parecen tener solución.

Por: Carmen Escallón Góngora

Pediatra puericultora y terapeuta de familia

 

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