Crisis familiares tiempo de oportunidades

Crisis familiares

“Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella, el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesga a olvidar cual es la estrella que lo guía.”
Antoine de Saint-Exupèry 

Carmen Escallón Góngora
Pediatra y Terapeuta familiar Universidad de Cartagena 

La adolescencia es una alegría que duele

La palabra crisis significa peligro y oportunidad al mismo tiempo. Es frecuente asociar la idea de crisis con dificultad o riesgo. Sin embargo, la esencia del concepto está más próxima a la de cambio crucial, y se refiere a todos aquellos estados en los que los sistemas se desequilibran cuando a ellos llega una situación generadora de estrés. Dichas situaciones pueden estar dadas por ganancias o pérdidas.

Toda crisis, aunque resulta dolorosa e incómoda para el sistema familiar, es la oportunidad para producir cambios. Los cambios siempre están precedidos por una crisis. En efecto, esta puede marcar el empeoramiento o la destrucción del proceso, pero también su fortalecimiento y optimización.

La adolescencia significa una crisis para la familia que desequilibra todo el sistema. La familia sufre cambios propios de la crisis adolescente.

Los padres del adolescente están experimentando sus propias crisis vitales; una de las más abrumadoras es la llamada crisis de la mitad de la vida. Alrededor de los 45 años los padres se cuestionan acerca de lo que han vivido, acerca de lo que les resta por vivir y hacen un balance de vida. Es claro entonces que los adolescentes y sus padres tienen la misma crisis pero vista desde ángulos diferentes.

El adolescente se pregunta: ¿Quién soy?; el padre, ¿Este es el hombre que he querido ser? El muchacho dice: ¿Qué me espera en el futuro?; el padre, ¿En el futuro debo vivir esta vida que llevo? El hijo cavila: ¿A qué me voy a dedicar cuando sea adulto?; el padre, ¿Cuál será mi actividad para el resto de mi vida? El joven reflexiona: ¿De dónde vengo y hacia dónde voy?, el padre lo hace exactamente acerca de lo mismo.

  • Estas dos crisis juntas producen una relación difícil entre padres e hijos: cada uno está viviendo duelos por pérdidas de la etapa anterior. El adolescente está viviendo duelos por la pérdida del cuerpo del niño, un cuerpo que le era conocido, con el que se sentía seguro y cómodo, para tener que vérselas súbitamente con un cuerpo cuyas manos y pies no controla; con una voz que desconoce, una piel llena de barros que se hace áspera, la presencia de vellos, además de unas caderas y unos pechos turgentes.
  • Los padres afrontan un nuevo cuerpo que empieza a envejecer: aparecen canas, arrugas, pérdida de la agudeza visual, pérdida de agilidad y de capacidad física. El muchacho está en duelo por la pérdida de los padres del niño -unos padres omnipotentes, veraces, justos, poderosos- y teme afrontar a los padres del adolescente que son “humanos”, débiles, llenos de incertidumbres y capaces de mentir.
  • Los padres están en crisis por la pérdida del niño, ese que se identificaba con ellos, que se ponía su ropa y la mostraba con orgullo, un niño gracioso, y obediente, deben afrontar un muchacho que lo pregunta todo, lo cuestiona todo, que se separa de ellos, permanece mucho tiempo con los amigos, cuestiona la religión, el tiempo no le pertenece, habla por teléfono sin parar, usa una ropa absurda y cuyo pelo es un desastre.
  • El chico vive en crisis, además, por la pérdida del rol de niño, ese rol de llevar lonchera esmeradamente arreglada por la madre, de sentir que lo protegían, lo cuidaban, para quien las caricias eran una necesidad; ahora tiene que vivir el rol del adolescente: independiente, con deseos de libertad, confuso antes las caricias, que se avergüenza cuando lo llevan a la puerta de la casa de los amigos.
  • Unos padres que están en duelo por la pérdida del rol de padres del niño, esos que sabían dónde estaba su hijo, que lo acariciaban, le leían cuentos antes de que el chico se durmiera, iban juntos los domingos a casa de la abuela y de un momento a otro están ante un chico que no desea que lo besen, descubren que no hay loncheras, ni tareas que supervisar.
  • La adolescencia es una alegría que duele. Unos hijos que se esfuerzan por definirse, unos padres que mu- chas veces se oponen a esta tarea por el miedo a la soledad, al nido vacío, a los fracasos de los hijos.
  • En esta lucha, muchas veces, los adolescentes se encuentran con un sistema familiar que los descalifica. Los padres equivocadamente ejercen poder mediante la crítica y el rechazo de los comportamientos de los hijos, entonces el poder de la protesta crece en ellos por la continua devaluación proveniente de los comportamientos paternos.
    Expresiones como las siguientes, muestran la forma inadecuada de proceder de algunos padres, víctimas de la crisis adolescente: “… pareces un matón con esa ropa, y qué decir de esos colgantes en el cuello. ¿Tú crees que un hombre se viste así?”, “…Sofi, no es que yo quiera meterme en tus cosas, pero vistes como una mujer de esas fáciles. Hija deberías vestir más recatada.” 
  • El adolescente que está creciendo necesita la aprobación de los adultos y el reconocimiento de los padres para volverse más seguro. Esta aprobación no siempre se da.
    En medio de los muchos miedos que sienten los padres, la crítica se hace presente. Lo que provoca una exasperación en el muchacho descalificado que insistirá a toda costa en ser aceptado y reconocido por el otro.
    Muchas veces estos muchachos, al no ser reconocidos por la familia, emprenden cruzadas para lograr el reconocimiento de esos seres “difíciles” y buscan por el resto de su existencia la relación con este tipo de personas. Entonces se ve aquí la gravedad de no ser acepta- do como persona, en medio de la maraña familiar en crisis.
  • Al no ser aceptado como es, se origina en el adolescente un grave menoscabo a procesos fundamentales como la confianza, la seguridad, la concentración y la autoestima. Igualmente riesgosa es la conducta indiferente de algunos padres. Esta indiferencia hace sentir al muchacho invisible, inexistente, llevándolo a estados de depresión grave.
  • Uno de los procesos más difíciles del ser humano es definirse y estructurar la propia identidad. En la etapa de adolescencia de los hijos, muchos padres están consolidando su propia identidad. Más que una debilidad, se trata de una oportunidad que tienen para crecer como personas.
    Los padres con personalidad madura son aquellos que no le temen a las diferencias con su hijo, que tienen la certeza de que no se debilitan cuando aceptan del adolescente aspectos que hablen de su propia identidad, aunque sean opuestos a sus gustos. Estos padres son el modelo que el adolescente necesita para cumplir su tarea en esta maravillosa etapa.
  • Usualmente todo esto se trata de un juego de identidades, una ba- talla campal de identidades: la del muchacho que desea expresar lo que es, cómo ser único, y la del padre que teme perder su razón de ser, al aceptar la identidad de su hijo. ¿Cómo termina esta con- tienda?
  • La negativa a reconocer la definición del otro no es producto de la vulnerabilidad sino de la arrogancia. Lo que confunde es que muchas veces el orgullo que descalifica el modo de vida del otro se enmascara tras la indiferencia, la presunta sabiduría de cómo debe vivirse, o aun la engañosa vulnerabilidad.
  • Existen juegos peligrosos en relación con la aceptación o descalificación del adolescente por parte de los padres: juegos de nunca acabar, produciendo un daño muy grande, difícilmente reparable en el joven y en los progenitores.
    En muchos casos, el conflicto entre quien descalifica (los padres) y quien se empeña en ser aceptado (el hijo) parece perpetuarse por el orgullo de los padres, que pretenden comunicar al hijo que, “así cómo tú quieres ser, no está bien” y que será aceptado solo cuando sea como lo desean quienes se creen con el derecho de aceptar o descalificar.
    Si ninguno cede en sus posiciones es porque el orgullo de los padres los lleva a sostener que “te acepto solo cuando tú entiendas que yo tengo la razón”. Y el hijo no rompe el juego ni se aleja porque su razón de ser es, precisamente, aquello que los padres no aceptan y juzgan siempre como un terco, inútil y equivocado desafío.
  • El adolescente, por su parte, no comprende claramente cómo es, no tiene tiempo de conocerse, ni de hacer su tarea de vida, porque toda su energía la gasta en oponerse a los padres y contradecirlos. Se construye una verdadera guerra arrogante y perversa que es alimentada por la oposición y el orgullo, con el agravante de que esta relación conflictiva atrae y liga tanto como el amor.
  • La familia, como sistema, tiene una fuerza que la hace permanecer estática y otra que la empuja hacia el cambio. Una familia es cuanto más sana más abierta a ser transformada por los cambios, sin que por ello pierda su peculiaridad de base. Mientras que las familias rígidas que se enferman fácilmente, son aquellas que se oponen al cambio y producen miembros con pobre posibilidad de emancipación.
  • La familia con hijos adolescentes se prepara para lanzar a los hijos al espacio social y a continuación sentirá la cercanía de la etapa de nido vacío con los duelos anticipatorios propios. Esto hace que muchos sistemas familiares posterguen la emancipación de los hijos, para así tenerlos en el nido y evitar mágicamente el vuelo.
  • Es necesario que tanto padres como adolescentes aprendan a conocer todas las modificaciones que están sufriendo y que exista entre las dos partes, tolerancia, respeto y mucho amor. Este será el mecanismo mediante el cual las crisis serán oportunidades para que todos efectúen su tarea: los adolescentes obtener su identidad y prepararse para emanciparse; los padres, terminar de hacerse a sí mismos.

Recomendaciones

  • Hablen acerca de los miedos que tanto padres como hijos sienten.
  • Expresen la incomodidad que están viviendo ante las modificaciones de la familia.
  • Sean flexibles.
  • Eviten buscar culpables por la crisis familiar.
  • Elaboren rituales sencillos para hablar acerca de lo que está sucediendo.
  • Eviten el juicio y el reproche.
  • Aprovechen los cambios adolescentes para seguir creciendo como padres.
  • Busquen ayuda profesional si los conflictos no parecen tener solución.