Crianza y cultura de paz

“Evitar la guerra es función de la política. Consolidar la paz es función de la educación”.

María Montessori

 

La paz es el estado ideal al que puede aspirar o llegar un ser humano o una sociedad como expresión de armonía y equilibrio. El filósofo español Fernando Savater define la paz como “la vida en libertad sin temor de sufrir persecución o violencia por las propias ideas o forma de vida, siempre que se atengan a la legalidad”. Como construcción social, la paz tiene una estructuración muy compleja que depende de múltiples factores, como la justicia social, la equidad, la inclusión y el ejercicio de una pronta y cumplida justicia en la lucha frontal contra la corrupción y la impunidad, que carcomen el tejido social y promueven la desesperanza.

Pero, la paz depende también de la actitud y el accionar de todas las personas que, como actores sociales, se convierten en protagonistas de la cotidianidad en todos aquellos sitios donde la vida acontece, lo que hace necesaria la instauración creciente de una Cultura de Paz, que garantice la permanencia en el tiempo de esta deseada vivencia.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) define la Cultura de Paz como “el conjunto de valores, actitudes, modos de comportamiento y estilos de vida que rechazan la violencia y previenen los conflictos abordando directamente las causas a fin de resolver los problemas mediante el diálogo y la negociación entre individuos, grupos y naciones”. Para la generación de esta Cultura de Paz, opinan los expertos basados en el análisis de conflictos bélicos de Europa, Japón y Corea, entre otros, que es necesario el discurrir de 2 o 3 generaciones a partir de la cesación del conflicto.

Las consideraciones anteriores nos impulsan a reflexionar sobre el papel que en este discurrir generacional debemos desempeñar todos aquellos acompañantes de los niños y adolescentes, integrantes de estas generaciones de transición entre la guerra y la paz: padres de familia, parientes, educadores, cuidadores, personal de la salud y todas aquellas personas que tenemos la fortuna de pasar una parte importante de nuestras vidas acompañando a la niñez a crecer y a desarrollarse, con la intención de consolidar la paz mediante la educación, como así lo expresa la médica y educadora italiana María Montessori.

El acompañamiento a la familia durante el proceso de crianza adquiere aquí una importancia fundamental, habida cuenta de la indiscutible trascendencia que tiene en la formación de un ser humano tolerante, bondadoso y empático que promueva la consolidación de la anhelada paz.

Nos proponemos analizar en este artículo las características que comprenden la tolerancia, la bondad y la empatía como bastiones de la paz, en el contexto de una crianza humanizada y humanizante, que contribuya a intervenir la preocupante afirmación de la escritora mexicana Guadalupe Nettel de que: “La violencia social primero se originó en la intimidad”.

La tolerancia

Se ha considerado como el principio y el origen de la paz. Se define como: “El respeto y la consideración hacia las formas de pensar, de hacer y de sentir de los demás, aunque estas sean diferentes a las nuestras”. La tolerancia es reconocer que hay muchas maneras de ser humano en diferentes contextos culturales y sociales. La sabiduría popular la ha definido como “vivir y dejar vivir”.

Es importante señalar, que la tolerancia no tiene ninguna relación con la indiferencia o con la condición de “soportar” al otro. Por el contrario, como bien lo define la filósofa española Adela Cortina, consiste en un `respeto activo’ por el otro, entendido este como el interés por comprender a los demás y por ayudarles a llevar adelante sus proyectos de vida.

Debemos enseñar tolerancia para formar seres humanos más preparados para cohabitar en un medio ambiente cada vez más diverso, para proteger contra la discriminación y para abrir caminos hacia la civilidad y el respeto. En el seno de la familia los padres deben hablar sobre tolerancia, identificar y confrontar actitudes intolerantes de sus hijos, analizarlas con ellos y apoyar a los niños que son víctimas de intolerancia. Aquí el ejemplo parental, como en todas las situaciones de la crianza, se convierte en un factor determinante.

Las actividades y actitudes promotoras de la tolerancia en la escuela, que por lo demás representa un excelente escenario para promoverla, deben incluir la convivencia intergrupal y la educación multicultural, aprovechando las características de un país como el nuestro, multiétnico y pluricultural. El accionar de un docente asertivo y comprometido que se convierta en modelo para sus discípulos, será de mucha trascendencia.

La persona tolerante, en concepto de los expertos, es aquella que se entusiasma y vive con pasión un ideal, pero acepta a los que viven otros ideales, que no ve en los demás contrarios opuestos, sino contrastes suplementarios, y que entiende que vivir en paz, más que carecer de enfrentamientos, implica generar armonía y colaboración. Todo lo anterior, en consonancia con la reflexión de Benito Juárez, inspirador de la nación mexicana, de que: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

La bondad

Se define como la inclinación natural a hacer el bien y constituye un elemento fundamental en el desarrollo armonioso de las relaciones interhumanas. Ludwig van Beethoven afirmó con razón que: “El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”.

Se reconoce que los seres humanos nacen con un primordio de bondad que se manifiesta, según la investigadora y profesora de Filosofía de la Universidad de California Alison Gopnik, desde etapas tan tempranas como los 18 meses de edad y que, desde ahí, un acompañamiento inteligente y afectuoso por parte del cuidador adulto debe promover el desarrollo de este sentimiento tan contribuyente de una vida armónica y en paz.

La bondad es un camino más que una meta. En los últimos años se han producido corrientes del pensamiento universal tendientes a una reformulación de las virtudes humanas con la intención de promoverlas y divulgarlas masivamente, como lo ha hecho Howard Gardner, neuropsicólogo y docente de la Universidad de Harvard, creador de la teoría de las inteligencias múltiples, en su libro Verdad, belleza y bondad reformuladas, publicado recientemente.

Podemos promover y enseñar sobre la bondad a los sujetos de crianza inculcando la generosidad como actitud ante la vida, enseñándoles a valorar lo que ellos tienen y lo que a los demás les falta, todo ello en un entorno empático donde la fuerza arrasadora del ejemplo tenga una plena cabida.

Cuenta el psiquiatra infantil americano Robert Coles en su libro La inteligencia moral de los niños, que al escritor norteamericano Henry James, candidato al premio Nobel de Literatura, su sobrino adolescente le preguntó alguna vez qué hacer de su vida, cómo vivirla, a lo que el gran novelista le respondió: “Solo hay tres cosas importantes en la vida humana: la primera es ser bondadoso, la segunda es ser bondadoso y la tercera es ser bondadoso”.

La empatía

“Es la capacidad de captar lo que otro piensa y necesita y la conexión sincera con su sentir como si fuera propio —a pesar de que no sea lo mismo que uno pensaría o sentiría en la misma situación—, sintiendo a la vez el deseo de consolar y ayudar”, en concepto de Anna Carpena Casajuana, maestra española experta en educación emocional. Significa ir más allá de la focalización en uno mismo, salir del propio yo para abrirse a los demás y comprende, además de sentir el sufrimiento, participar también de la alegría de la otra persona. Como bien lo señala el poeta mexicano Octavio Paz: “Para que se pueda ser, he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros”.

Los humanos nacen con una predisposición biológica a ser más o menos empáticos, marcada por la herencia. Las vivencias posteriores hacen que se desarrolle en mayor o menor medida la capacidad de empatizar: “Me alegra tu alegría, me duele tu dolor”.

La empatía se considera fundamental para la convivencia, promueve comportamientos prosociales y ayuda a prevenir actitudes agresivas. Los niños y adolescentes que están expuestos a la violencia de manera cotidiana tienden a demostrar niveles bajos de empatía, expresada en un comportamiento defensivo de tipo egocéntrico con dificultades para tener perspectiva del otro, la capacidad de comprender su mente y tener la posibilidad de sentirse cerca de las emociones del otro. De ahí que la prevención de la violencia adquiera una importancia fundamental.

Criar en la empatía es la base de los procesos de mejora del ser humano, con lo que se contribuye a avanzar en un mundo con más tolerancia, más bondad, menos violencia y más paz.

Las actitudes ante la vida que hemos analizado hasta ahora debemos promoverlas en la niñez por parte de los adultos acompañantes del proceso, en el contexto de una crianza humanizada y humanizante, inspirada en el interés superior del niño, en perspectiva de derechos, basada en el ejemplo y en la práctica del buentrato, en la búsqueda incesante de un ser humano que tenga compromiso ético con la vida y los valores de la cultura, que sea empático con los demás y la naturaleza, y que crea en el predominio del bien común sobre el bien particular.

Todo aporte es valioso para este gran cometido social de contribuir, entre muchos otros factores, a la anhelada paz que nuestra sociedad necesita y merece. Pues, como bien lo afirmó el escritor uruguayo Eduardo Galeano, “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

 

Por: Juan Fernando Gómez Ramírez
Pediatra puericultor