Confinamiento y salud mental ¿Cómo están nuestros niños y adolescentes?

Por: Ana María Carrillo Rosales
Psiquiatra perinatal y de adultos

Para entender lo que la pandemia ha ocasionado en los cerebros y las emociones de nuestros niños y adolescentes, es importante conocer a nivel psicológico quién es un niño y quién es un adolescente.

Un niño es juego, aprendizaje, experimentación y exploración, teniendo las dos últimas características la cualidad de realizarse la mayor parte del tiempo fuera del hogar.

El adolescente es personalidad, consolidación del yo social, esto es, socialización, autonomía y sistema de valores. En cuanto a la pandemia y el adolescente, nos centraremos en la socialización y la autonomía por ser, en nuestra opinión, las dos características más afectadas.

Con la llegada de la COVID-19 y las medidas tomadas, como el famoso confinamiento o cuarentena, inevitablemente estas vivencias, tanto en niños como en jóvenes, se vieron y se siguen viendo afectadas. Así, por ejemplo, el niño se ve obligado a reinventarse nuevas formas de juego en el hogar, agotando rápidamente las posibilidades, sobre todo aquellos que viven en hogares pequeños, como en apartamentos o, en el peor de los casos, en piezas dentro de una casa.

Una primera consecuencia del confinamiento fue la limitación del movimiento, pues no es lo mismo correr en el parque o en una cancha que correr de pared a pared en una sala. Por ejemplo, una mamá acudió a mi consulta angustiada pensando que su hijo de seis años era autista, porque observaba que desde que se inició la pandemia caminaba en círculos alrededor del sofá grande de la sala todos los días. No era autismo, obviamente, era la forma en que este pobre pequeñito canalizaba la necesidad de moverse y estar activo en un apartamento muy estrecho.

El proceso de aprendizaje también cambió, ya los niños no lo relacionan con un salón y un profesor en cuerpo completo y sus cinco sentidos puestos en la enseñanza, sino que ahora lo deben hacer a través de la Internet, con las limitaciones que muchas veces puede presentar esta herramienta en cuanto a señal. Sobre esto último, debo recordar que los niños son de rutinas, de hábitos, de ambientes; aprenden, entre otras formas, por asociación. En marzo del año pasado, fueron obligados a asociar la “casa con el aprendizaje”, cuando, hasta ese momento, se relacionaba con miles de cosas menos con clases, profesores, alumnos, tareas, etc.

El niño aprende explorando, se reafirma en el conocimiento de sí mismo y del entorno experimentando, y esto ha sido muy difícil de vivir en el hogar en confinamiento. “Qué más puede explorar y experimentar el niño encerrado en casa más allá de lo que ya conoce? Tuve un par de hermanitos en consulta que me decían: ¿qué dicha doctora el día que nos bajaron al parqueadero a jugar, ese día conocimos todos los carros de los vecinos”. Exploración y experimentación, muy necesarios.

La afectación de la socialización

En cuanto a los adolescentes, con frecuencia encontramos en ellos una cierta aceptación, con un poco de novedad, hacia el hecho de recibir clases virtuales; algunos gozan de cierta tranquilidad al no tener que estar en un aula de clases, expuestos a comentarios de sus compañeros o situaciones embarazosas; sin embargo, lo que sí se ha visto afectado ha sido la socialización, el contacto físico, el flirteo, la camaradería, la amistad, el sentirse parte de una manada, sintiendo, en muchos casos, una profunda soledad. Un jovencito nos decía en consulta, que su mayor tristeza en cuanto al encierro era no poder estar con sus amigos, pero no en el colegio, sino en las actividades que realizaban fuera de casa, como reunirse en el parque para escuchar música, jugar fútbol y salir en bici. Exclamaba: “realmente los extraño”. Y ni contar cómo se ha visto impactado el poder relacionarse con otros chicos o chicas desde lo sentimental, o cuánto han extrañado a los primos con los que estar era simplemente “una nota”.

Cuando comenzó la pandemia, una adolescente que vino a mi consulta de manera virtual, con mucha ansiedad y tristeza, decía: “ya de por sí era difícil antes del coronavirus poder convencer a mis papás de asistir a una pijamada o de ir al cine, ahora es prácticamente imposible”. Muchos jovencitos han experimentado en este tiempo algo así como un golpe de estado a su libertad o capacidad de decisión, lo que los adultos conocemos como autonomía. Ahora, no solamente se enfrentan con la difícil tarea de ganarse un espacio dentro de las decisiones que se toman en el hogar, es decir, que su opinión valga, sino que también deben seguir las reglas impuestas por el confinamiento, ya que, para las autoridades competentes, simplemente ¡deben quedarse en casa y basta! Les cuento que, como psiquiatra, he escuchado esta queja en muchos adultos maduros y responsables: “no nos dejan salir y hacer lo que queremos y cuando queremos”, ¿se pueden imaginar entonces si esto le pasa a un adulto, tu hijo adolescente cómo lo puede estar viviendo?

¿Cómo reconocer si tus hijos están deprimidos o ansiosos?, ¿cómo saber si debes consultar con un pediatra, psicólogo o psiquiatra para recibir ayuda?

Si tu niño en los últimos meses ha estado irritable la mayor parte del tiempo, grosero, agresivo, con problemas de atención, de memoria, se distrae con facilidad, le cuesta seguir reglas y normas en el hogar que antes cumplía sin mayor problema, se queja frecuentemente de dolor de cabeza, o tiene pocas ganas de comer, puede estar teniendo cambios de humor que tienden a la depresión o la ansiedad. Consulta, pregunta y sal de dudas.

Si observas que tu adolescente se ha tornado gruñón, o al menos más de lo habitual, con arranques de ira, reacciona ante cosas muy pequeñitas, se le ha aumentado el apetito con ganancia exagerada de peso o, por el contrario, come poco y ha bajado de peso, se queja de dolores o malestares recurrentes, se encierra en el cuarto con más frecuencia que antes, y cambia de rutinas y gustos, por ejemplo, deja de llamar a los amigos o frecuentarlos, ya no le gusta ver televisión o jugar videos como antes, busca una opinión profesional al respecto, puede que tu hijo se esté deprimiendo.

En relación a estos dos últimos puntos, los papás y cuidadores solemos tener ese sexto sentido conocido también como intuición, que nos dice cuando algo no va bien. Escucha esa intuición.

En este punto de la lectura, no puedo terminar, querido lector, sin darte algunas sugerencias sobre qué hacer en casa si tu hijo está presentando alguno de estos trastornos del ánimo.

Existen dos elementos que ayudan al niño y al adolescente para no colapsar ante un problema emocional: la familia y los amigos.

Lo primero que siempre les decimos a los papás es: el amor es la mejor medicina. Un trato respetuoso, cercano y amable con tu hijo, escuchándolo y validando su emoción, sin juzgar si lo que siente es bueno o malo, simplemente aceptándolo y afirmándole que es normal sentirse así, que buscarán ayuda con un profesional y que pase lo que pase cuenta contigo, es de vital importancia. Debo decir con mucha preocupación, que la mayoría de los adolescentes con los que dialogo se quejan de ser juzgados por sus papás con palabras como: “¿y vas a llorar por esa bobada?”, “¿qué te angustia si lo tienes todo y no te falta nada?”.

Que el niño y el adolescente sientan que pueden decir o expresar lo que les pase sin ser juzgados es clave en un proceso de recuperación de un estado de ánimo afectado. Que sientan que sus padres los escuchan con atención hasta el final es mucho más eficaz que cualquier psicoterapia que se les pueda brindar en un espacio de consulta. Que tu niño pueda sentir un abrazo y un apretón en el momento en que llora, se ofusca, pataletea o se irrita, puede hacer la diferencia.

Está demostrado ampliamente que los amigos son un antídoto que ayuda contra la tristeza, la sensación de soledad y de no ser comprendido. Promover momentos de encuentro con todas las medidas de seguridad o a través de la virtualidad de tus hijos con sus amigos, favorece que no presenten problemas emocionales más allá de la adaptación normal a lo que están viviendo y, además, les ayuda a recuperarse más prontamente si ya los síntomas de tristeza y angustia están presentes.

No olvidemos que los niños más pequeñitos (3 a 5 años), aunque creamos que no se enteran de nada, ¡se enteran de todo! Buscar un espacio tranquilo y con tiempo para hablar de lo que ven, cómo lo ven, qué piensan y sienten, ayudarlos a reconocer si es miedo, si es tristeza, o simplemente están bien, es prevenir que, pasados los meses, ellos también se puedan ver afectados.

Papá y mamá, los felicito por haber hecho en este tiempo cosas maravillosas, con los pocos o muchos recursos que tenían, para que sus hijos estuvieran lo mejor posible. Espero que estas palabras que les comparto los ayuden en este tiempo de pandemia y, si tienen dudas, no olviden consultar con un experto. Se vale levantar la mano de vez en cuando.