¿Cómo motivo a mi hijo para que escriba?

Niño escribiendo

Divertirse con las letras en juegos o regalarle al niño un cuaderno para que haga garabatos hará que desde temprano tenga contacto con la escritura y empiece a apropiarse del lenguaje. 

Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez
Comunicadora social UPB
Magíster en Estudios Humanísticos EAFIT 

Cuando nuestros hijos pasan al primer o segundo grado de primaria “sabiendo leer y escribir”, creemos habernos quitado un gran peso de encima… que el “trabajo duro” quedó atrás.

Pero todo cambia cuando nos percatamos de que en el imaginario colectivo escribir significa simplemente juntar letras, y es entonces cuando empezamos a cuestionarnos si nuestros hijos (en edad escolar o universitaria) saben escribir correctamente.

La polémica, que suele rondar pasillos escolares y universitarios en época de exámenes finales, cobró un nuevo aliento con la carta de renuncia de Camilo Jiménez, un profesor de la Pontificia Universidad Javeriana, la cual ha dado mucho de qué hablar a prestigiosos catedráticos y columnistas, como Daniel Samper Pizano y Alejandro Gaviria, y a nosotros, los padres de familia.

Jiménez es un incansable lector y escritor, que ha editado revistas como El Malpensante, además de ser el editor de autores de la talla de Alberto Salcedo Ramos. El 7 de diciembre del 2011 publicó en su blog El ojo en la paja, un polémico texto que tocó las fibras más sensibles de la educación y la crianza.

Su renuncia es más que una crítica a sus alumnos de Comunicación Social: “Desde que empecé mi cátedra, en el 2002, los estudiantes tenían problemas para lograr una síntesis bien hecha, y en su elaboración nos tomábamos un buen tiempo. Pero se lograba avanzar. Lo que siento de tres o cuatro semestres para acá es más apatía y menos curiosidad. Menos proyectos personales de los estudiantes. Menos autonomía. Menos desconfianza. Menos ironía y espíritu crítico”.

Si bien escribir con corrección es el resultado del dominio de una técnica, del respeto a unas normas, es definitivo subrayar que, además, quienes tienen el hábito de escribir, suelen adquirir un orden en el pensamiento, una estructura mental que propicia la argumentación, y la expresión clara y fundamentada de ideas.

Jugar con palabras

Ahora, la pregunta lógica es: ¿Cómo estimulo a mi hijo para que escriba si no soy escritor ni me desempeño en una disciplina de carácter intelectual?

Partimos de una de las premisas fundamentales de la educación: se aprende por imitación. Un niño que ve escribir a sus padres, tiende a escribir también.

Y no es que tengamos que convertirnos en grandes escritores o bestsellers, me refiero al acto de consignar por escrito datos, listas, hechos y, si es posible, breves relatos.

Para empezar, vayamos a la unidad mínima de la escritura: la letra. Jugar con las letras y las palabras que ellas forman es el primer incentivo.

¿Qué tal comenzar por el nivel auditivo y oral? Cantar y declamar para nuestros hijos como invitación para disfrutar la sonoridad de las palabras. Las retahílas, trabalenguas, estribillos y rimas son una forma de jugar: la repetición como fijación lúdica en la memoria. “Erre-con-erre- cigarro, erre-con-erre-barril”.

Y de lo auditivo y oral a lo escrito y visual, al símbolo. Divertirse con las letras en juegos como Scrabble® o revistas de sopas de letras, que permiten aislar símbolos y extraer de ellos contenidos que, gracias a las repeticiones mencionadas, se convierten en predicciones lingüísticas emocionantes. Por ejemplo: tomar la letra B y enfatizar en el trabalenguas el sonido de barril. Y de ahí buscar palabras con el sonido “b”… barril, barrer, borrador…

El paso siguiente es ofrecerle al niño diversos soportes (aunque sean imaginarios) para que escriba: si está en la etapa preescolar, hacer letras de plastilina y masa, trazarlas en el aire, la arena o el espejo empañado del baño después de una ducha. En este ejercicio es necesario asociar la letra a sonidos e imágenes reales. Por ejemplo: s, suena “ssssss” como serpiente y su forma se parece a la de ese animal.

Hay un escaño tan obligatorio como tradicional, ligado a la discriminación visual: la sopa de letras (sí, la comestible). Es literalmente delicioso tomar sopa de letras y encontrar en la cuchara sus poemas escondidos (¡con perdón de los puristas de las buenas maneras!).

¿Qué sigue? Antes de entregarle al chico un pedazo suelto de papel y un lápiz, que tal vez botará sin darles sentido, podemos ofrecerle un cuaderno que sea suyo, solo para él.

Si el niño todavía no escribe, el cuaderno puede ser usado para dibujar e incluso garabatear; el sentido del objeto es que el menor establezca una relación con el acto de escribir. Y es que, pese a que los adultos no los entendamos, el cuaderno estará lleno de escritos.

La idea es dar gran valor a esas páginas: felicitar al niño frente a sus abuelos o amigos por sus “escritos”… siempre y cuando se muestre su contenido con la previa autorización (en privado) del chico, pues la buena escritura suele estar vinculada a la intimidad.

Este tipo de actividades, caseras, desligadas de la rutina escolar, pueden continuar con un diario (en computador o en papel), un cuaderno de viajes (en el que, además, pueda guardar hojas, pétalos, cartas, estampillas y recuerdos), una libreta de secretos, notas de libros leídos o una agenda.

Es preciso, además, enseñarles a los muchachos que cada individuo necesita ciertas condiciones para escribir: algunos requerimos del silencio, espacios ordenados, una vela aromática, música clásica, lapicero verde… ¡qué sé yo! Es importante ayudarles a descubrir y definir, bajo sus propios parámetros, sus ambientes ideales para la escritura.

Y, lo más importante, leer con ellos, para ellos (sus lecturas) y frente a ellos (nuestros libros, que nos vean disfrutar al leer). La lectura como alimento indispensable para la escritura.

Las letras: compañeras del alma

Volviendo a la carta del profesor Jiménez: “Es cándido echarle la culpa a la televisión, a internet, al Nintendo, a los teléfonos inteligentes. A los colegios, que se afanan en el bilingüismo, sin alcanzar un conocimiento básico de la propia lengua. A los padres que querían que sus hijos estuvieran seguros, bien entretenidos en sus casas. Es cándido culpar al ‘sistema’. Pero algo está pasando en la educación básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los 20 años o menos”.

No hay tiempo para perder. En vez de buscar culpables por la desmotivación de nuestros hijos frente a la escritura, debemos actuar desde todos los flancos posibles (familia, escuela, amigos, etc.).

Tal vez, la petulancia intelectual de algunos adultos y la falta de pericia de los docentes, unidas a la escasa confianza de los niños en sus propias habilidades, nos han hecho creer que escribir es un oficio para “iluminados”. Quien escribe suele comenzar con un profundo pudor que con frecuencia permanece a lo largo de la vida, pues mientras más se lee más se teme al acto sublime de escribir… ¡pero hay que lanzarse a la aventura!

Para escribir -sea en el contexto académico, creativo, personal o laboral- se necesita mucho más que papel y lápiz o un teclado.

Conservemos esta imagen en nuestra mente: en el siglo XXI escribimos y leemos de la misma manera en que se hacía en la época de Sócrates: un símbolo (letra) a la vez, juntando uno con otro.

Una cosa es escribir decentemente, con acato a la gramática, la ortografía y demás exigencias básicas de la redacción… y otra, muy distinta, es parir Cien años de soledad.

Sobra decir que muy pocas personas en el mundo pueden escribir una obra que merezca un Nobel de Literatura, como Gabriel García Márquez; sin embargo, desarrollar desde la infancia la habilidad para escribir nos puede ayudar a soportar la más profunda soledad… así dure cien años.