Cómo incentivar el autocontrol en sus hijos

A finales de los años 60 y principios de los 70, un estudio trascendental emplearía masmelos y galletas para evaluar la habilidad de unos niños de 4 años de preescolar para demorar su gratificación. Si ellos se demoraban, o mejor, aguantaban la tentación de comer alguno de esos dulces, que muy estratégicamente uno de los investigadores puso en la mesa, serían recompensados con más dulces más tarde. Algunos de los niños resistieron… otros no.

2El autor de dicha prueba, conocida como “The Marshmallow Test” (el Test del Masmelo), fue el célebre psicólogo estadounidense, de origen austriaco, Walter Mischel, quien, en ese entonces, era profesor de la Universidad de Stanford, y quien se interesó, a través de este experimento, en identificar los procesos mentales que permitieron a algunos de los niños demorar su gratificación, así como los de aquellos que simplemente se rindieron ante la tentación o el impulso.

¿De qué se trató el test?: cada niño(a), cuya edad oscilaba entre los 4 y 6 años, era encerrado en una habitación, poco más grande que un gran armario, en la que solo había un escritorio y una silla. Allí, un investigador lo invitaba a sentarse y le indicaba que tomara una de las delicias que se encontraba dentro de la bandeja allí dispuesta con masmelos y galletas. Luego, el investigador le haría una oferta adicional al niño: podría comer otro masmelo o galleta inmediatamente o, si estaba dispuesto a esperar mientras él salía por unos minutos, podría tener dos masmelos cuando él regresara. Pero, también tendría otra opción, si tocaba una campana en el escritorio mientras él estaba fuera, volvería corriendo y entonces podría comerse un masmelo, pero perdería el segundo.

Las imágenes sobre este experimento fueron sorprendentes: luego de que el investigador salió de la habitación se pudo observar cómo los niños lucharon por retrasar la gratificación por el mayor tiempo posible. Algunos se cubrieron los ojos con las manos o se dieron la vuelta para que no pudieran ver la bandeja, otros patearon el escritorio, o acariciaban el masmelo como si fuera un pequeño animal. Lo cierto es, que se presentaron todas las situaciones, tanto los niños que esperaron al investigador y obtuvieron su recompensa, como los que tocaron el timbre o se comieron el masmelo antes de que este regresara. Pero, ¿por qué algunos niños sí esperaron y otros no?, ¿qué hizo posible esta espera? Muy sencillo, su fuerza de voluntad, lograron resistirse a la tentación, en otras palabras, tuvieron autocontrol.

Las buenas cosas llegan para aquellos que esperan

¿Por qué son tan importantes los resultados que arrojaron dicho estudio de Mischel?, muchos años después, tras un seguimiento realizado a estos niños que participaron en dicha prueba y que ya eran adultos, Mischel pudo establecer la relación entre la gratificación retrasada y el éxito general de una persona en la vida. Sus estudios sobre la fuerza de voluntad han aportado evidencias de que esta, además de poder ser entrenada, puede favorecer el éxito académico y social de las personas. Este hallazgo le ha valido incluso premios tan importantes como el de Grawemeyer de Psicología de la Universidad de Louisville, en 2011.

Durante décadas, el trabajo que realizó Mischel ha podido demostrar que tener fuerza de voluntad crea un amortiguador de protección, además, se pudo comprobar que aquellos niños de preescolar que tuvieron las medidas de tiempo de retraso más altas durante el Test del Masmelo, más tarde obtuvieron los más altos puntajes en las pruebas americanas SAT (examen estandarizado para la admisión universitaria en Estados Unidos), así como también desarrollaron mejores métodos de superación de dificultades en la adolescencia, e incluso, años más adelante, tuvieron los más altos logros educativos y una mayor resistencia frente al consumo de drogas, que aquellos niños que en ese test se vencieron ante la tentación y tomaron el masmelo. De igual forma, al ser adultos, los niños que retrasaron la gratificación también presentaron tasas más bajas de divorcio y separación marital, pocas violaciones de la ley, e incluso menores índices de masa corporal.

 

Entonces, ¿es importante enseñarles autocontrol a los hijos?

Por supuesto. Para la psicóloga Laura Markham, especialista en Psicología Clínica de la Universidad de Columbia y editora del sitio web Aha! Parenting.com, “con el autocontrol se aprende a regular las emociones”. Es una forma de autodisciplina que le permitirá al niño manejar sus impulsos, emociones y comportamiento, decidiendo la mejor manera de actuar y eligiendo un adecuado curso de acción con conductas que sean socialmente aceptables, positivas y constructivas.

Si se aprende a regular las emociones existe una gran posibilidad de conseguir una alta tolerancia frente a las frustraciones, de volverse más persistente en los objetivos a alcanzar y de poder manejar comportamientos impulsivos, así como tener una mayor paciencia en hechos que implican una espera.

Por otro lado, el tener autocontrol también tiene un efecto muy positivo a nivel de las relaciones interpersonales, pues les permite a los niños manejar sus impulsos y comportamiento en situaciones de estrés o enojo, como cuando se presentan peleas entre amigos o compañeros. El autocontrol les ayudará a prevenir agresiones y conductas antisociales, pues al conocer sus emociones, logran ser más receptivos, ejerciendo los valores del respeto y la compasión.

 

Enseñando autocontrol a través de la crianza

  • Hasta los 2 años: los bebés y niños pequeños, por lo general, se sienten frustrados por la gran brecha que existe entre las cosas que quieren hacer y lo que pueden hacer, ante lo cual, a menudo responden con berrinches o pataletas. Para manejar esta situación en niños que alcanzan los 2 años, el Jefe de Psicología de Salud Preventiva W. Douglas Tynan, quien es experto médico del Centro de Medios de Salud Infantil de The Nemours Foundation de KidsHealth, recomienda poner al niño en un breve descanso en una área designada, como una silla de cocina o una escalera, con el fin de mostrarle las consecuencias de dicho arrebato y enseñarle que es mejor tomarse un tiempo a solas en lugar de hacer una rabieta.
  • De 3 a 5 años: para los niños de estas edades, el especialista sugiere continuar utilizando los tiempos de espera, pero, en lugar de establecer un límite de tiempo específico, recomienda finalizar los tiempos de espera una vez que el niño se haya calmado. Esto ayuda a que los niños mejoren su sentido del autocontrol. Por otro lado, es importante felicitarlos por no perder el control en situaciones frustrantes o difíciles.
  • De 6 a 9 años: cuando los niños ingresan a la escuela están en mejores condiciones de comprender la idea de las consecuencias y de que pueden elegir un comportamiento bueno o malo. Una forma de ayudarlos a aprender el autocontrol es enseñándolos a imaginar una señal de alto que debe obedecer y pensar en una situación antes de responder. Hay que alentarlos a alejarse de situaciones frustrantes durante unos minutos para calmarse en lugar de tener un arrebato.
  • De 10 a 12 años: los niños mayores usualmente entienden mejor sus sentimientos, por ello, el especialista de KidsHealth sugiere alentar a los niños de esta edad a pensar en lo que les está haciendo perder el control y luego analizarlo. Es bueno explicarles que algunas veces las situaciones que son molestas al principio, no siempre terminan siendo tan horribles. Hay que instarlos a tomarse el tiempo de pensar antes de responder a una situación y felicitarlos cuando utilizan sus habilidades de autocontrol.
  • De 13 a 17 años: en este momento de la vida, los niños deberían ya poder controlar la mayoría de sus acciones; sin embargo, no está demás recordarles a los adolescentes que piensen en las consecuencias a largo plazo de sus actos. Pídales que hagan una pausa para evaluar las situaciones molestas antes de responder y hablar sobre los problemas en lugar de perder el control, dar un portazo o gritar. Si es necesario, “discipline a su hijo adolescente quitándole ciertos privilegios para reforzar el mensaje de que el autocontrol es una habilidad importante. Permita que él gane los privilegios demostrando autocontrol”, indica el experto.

 

Destreza que se aprende

Los niños no nacen con autocontrol, es una destreza que se aprende, por ello, es muy importante que se les estimule esta habilidad desde temprana edad. De acuerdo con la psicóloga Markham, estos aspectos* también pueden ayudarle a su hijo a desarrollar el autocontrol:

 

  1. La base del autocontrol es la confianza. Los padres que responden a las necesidades de los niños fomentan su confianza, ayudándoles a alcanzar más rápido esta etapa relativamente madura cada vez que alivian su ansiedad y les fomentan una sensación de seguridad y aceptación. Un ejemplo de ello es: cuando el niño hambriento se despierta llorando y el padre lo recoge y lo alimenta, aprende a confiar en que la comida llegará. Cada vez que se tranquiliza, su cerebro fortalece los caminos neuronales para calmar la ansiedad y regular las emociones, lo que, eventualmente, se traducirá en un mejor manejo de su propia impaciencia y un mejor comportamiento en cualquier situación.
  2. Los niños aprenden regulación emocional desde el ejemplo. Este es un punto muy valioso, pues lo más importante que usted como padre puede hacer para ayudarle a su hijo a aprender a controlarse es, probablemente, regular sus propias emociones, para que pueda mantener la calma y la compasión frente a su hijo y sea un ejemplo para él.
  3. Los pequeños toman las señales de ansiedad de los adultos. Este punto se explica mejor con un ejemplo: si su niño trepa demasiado alto, se asusta y quiere bajar, ¿usted qué hace? Si puede “guiarlo” hacia abajo, hablándole de forma suave para calmarlo, usted le está enseñando autocontrol. De esta forma, su niño estará creando las vías cerebrales para hablarse él mismo cuando se encuentre en situaciones difíciles en el futuro. Pero, si usted deja que su ansiedad lo haga temblar y se precipite para agarrarlo, su hijo no solo aprenderá que él es incompetente, sino que esa ansiedad no puede tolerarse. Esa tendencia apresurada proviene de la ansiedad y sabotea la construcción de las vías neuronales que su niño necesita para mantener la calma.
  4. Los límites les dan a los niños la práctica de la autodisciplina. Cada vez que se le establece un límite a un niño, y este lo acepta, está practicando autocontrol. Por otro lado, el castigo no fomenta la autodisciplina porque el niño realmente no está eligiendo dejar lo que estaba haciendo, sino que se siente forzado a hacerlo. Es bueno también que entienda que la permisividad no fomenta la autodisciplina porque el niño no siente la necesidad de detenerse. Por ello, establecer un límite con comprensión, para que su hijo esté dispuesto a aceptarlo, es lo que le ayuda a desarrollar autodisciplina.

 

*Fuente: https://www.psychologytoday.com

 

Estrategias generales para enseñar autocontrol**

Por su parte, la Asociación Nacional de Psicólogos Escolares (NASP, por su sigla en inglés) plantea ciertas estrategias que le ayudarán a su niño a aprender comportamientos de autocontrol apropiados:

  • Tomar un descanso: disminuya las peleas y evite las agresiones animando al niño a que tome un descanso cuando se encuentre en una situación en la que se está sintiendo enojado o molesto.
  • Establecer horas fijas para ir a la cama o la cena: acuerden una hora para la cena o para ir a dormir y recuérdele al niño cuando llegue la hora.
  • Enseñar y proveer atención: enséñele al niño a no interrumpir y a esperar el momento cuando los demás no estén hablando para participar en la conversación. Es importante ofrecerle al niño suficiente atención para que él no esté “hambriento” de atención.
  • Usar recompensas apropiadas: la clave del éxito recae en recompensar al niño consistentemente con su progreso. Asegúrese de que el niño sepa cuál comportamiento es el deseado. Los elogios y la atención son recompensas importantes; sin estas, el plan para el cambio tal vez no sea exitoso.

 

Por: Lina María Martínez Fonseca
Coordinadora editorial revista Crianza & Salud

**Fuente: Canter A, Carroll S, (Eds.). Helping Children at Home and School: Handouts from your School Psychologist. (1998). Bethesda, MD: NASP, pp. 341-342.