Cómo hacer del niño un ser sociable

Enseñar al niño a convivir con los demás es tarea de la familia. La primera y mejor escuela para los hijos es el hogar y allí deben aprender a ser solidarios y a escuchar de verdad, dos cualidades indispensables para socializar.

Se dice, y con razón, que el hombre es un ser sociable por naturaleza. Que ningún ser humano está capacitado para vivir solo. Con relación al niño, esto es todavía más válido, ya que él, por estar en la edad de máximo crecimiento y desarrollo, es también el ser más vulnerable física y emocionalmente. El proceso de socialización, de aprender a convivir con los demás, de compartir, es una de las necesidades básicas de todo niño y se debe empezar desde el nacimiento mismo.

Se afirma con certeza, que más que la capacidad intelectual, es la capacidad de interactuar con las demás personas lo que más influye en el éxito o fracaso de un individuo en su trayecto por la vida. Prácticamente todos conocemos personas que son muy capaces, muy preparadas, incluso con títulos universitarios, que a pesar de estas cualidades duran muy poco en sus trabajos o son rechazados para llenar una vacante luego de una entrevista. También conocemos compañeros o familiares que ocasionan siempre discusiones, conflictos y rechazos entre las personas con las que les corresponde estudiar, jugar o trabajar. Son personas que tienen problemas de relaciones con sus semejantes. La intención es entonces tratar algunos puntos sobre este tema con el ánimo de orientar a los padres de familia sobre cómo hacer de una persona, desde su niñez, un ser sociable.

1. De acuerdo con esta introducción, ¿cuál sería uno de los requisitos para empezar un proceso de socialización adecuado con los niños? Aprender a escuchar, a prestar atención. Sin la habilidad de escuchar no es posible establecer relaciones óptimas con las demás personas, no se puede adquirir la información necesaria para actuar y tomar decisiones correctas. En este sentido son muchas las personas que no saben escuchar. Oyen solo lo primero que dice el otro y luego ya están apurando para dar una respuesta, para defenderse, para atacar. Pasamos años aprendiendo a hablar, a leer y a escribir, pero rara vez nos instruimos en el arte de escuchar.

2. Y, ¿cómo se aprende a escuchar? Pasos para aprender a escuchar:

–  Dominar las emociones, concentrarnos en lo que dice el otro y no adelantarnos en lo que va expresar, en ‘adivinarle el pensamiento’.

–  Captar y entender lo que diga el otro, aunque no estemos de acuerdo con él.

–  Tener en cuenta a cualquier interlocutor; todo el que se dirige a nosotros merece respeto, independientemente de títulos, edad o rango.

–  Hacer preguntas pertinentes, directas, sinceras, sin inculpar, ni acusar.

–  No sacar conclusiones prematuras; es necesario oír primero a todos.

–  Tratar de comprender las necesidades del otro, de ponernos en su sitio, de ‘senti-pensar’ como él; así se entenderán mejor sus argumentos.

–  Pero escuchar es también prestar atención: todos tenemos el anhelo íntimo de conquistar la atención de los demás. La inatención produce un dolor psíquico que pocos pueden soportar. Muchas conductas inadecuadas de los niños en el fondo lo que quieren significar es un pedido, una súplica para que les presten atención, para que se les tenga en cuenta (el niño que hace daños, que hace pataletas, que no obedece, etc.).

–  El rechazo hiere, la atención cura. “Sana que sana colita de rana…” es una fórmula mágica con la que las abuelas saben curar la mayoría de las dolencias de los niños. Lo importante aquí es sentir verdadero interés por lo que el niño quiere decir. No basta con fingir que le prestamos atención, pues el niño se da cuenta rápidamente del engaño, lo que le ocasiona frustración, enojo y, lo más grave, aprende que los adultos no son dignos de confianza.

3. ¿Qué otro aspecto es importante dentro de este objetivo de construir en los niños un correcto proceso de socialización? Respetar al niño. Al niño se le deben respetar sus gustos, deseos, opiniones, preferencias; no humillarlo, ridiculizarlo, ni menospreciarlo. Felicitarlo cuando haga algo correcto y, en el caso contrario, hacerle ver que hizo algo mal hecho y las consecuencias que tiene su conducta o comportamiento. Es necesario ser siempre sinceros con el niño, pero la sinceridad funciona mejor cuando entraña revelar nuestro sentir íntimo, no cuando se emplea para insultar o desquitarse, ‘sacarse un clavo’. Dentro de este punto es indispensable insistir en el respeto a la intimidad, a un espacio propio (territorialidad), que es un derecho inherente a todo ser humano, cualquiera que sea su edad.

4. Y en cuanto a la cortesía, ¿cuál es su función en la tarea de ayudarle al niño a ser una persona sociable? Practicar en todo momento normas básicas de cortesía. Los niños aprenden lo que ven hacer, no lo que se les diga que hagan. Los padres de familia y los adultos en general deben comprender que a los niños hay que darles el mismo trato con el que interactuamos con nuestros mejores amigos, con nuestros superiores. Por eso, es indispensable aplicar en su presencia, en todas las circunstancias y en todos los contactos con ellos, las más sencillas normas de cortesía, tales como:

–  Saludar, despedirse.

–  Dar las gracias.

–  Pedir permiso.

–  Dar excusas.

–  Poner atención cuando se le hable.

–  No burlarse de la gente, no insultar ni menospreciar.

–  No responder a la agresión, con la agresión (una pelea empieza con el segundo golpe, no con el primero).

–  Enseñarles que la única manera digna de responder a un insulto es hacer caso omiso de él.

5. ¿Y qué tienen que ver las normas con la sociabilidad? Es un componente esencial, indispensable y que debe ser aplicado en todo momento, de manera sistemática, razonable (de acuerdo con la edad del niño), con afecto, pero con firmeza.

El niño aprenderá a vivir en sociedad, en comunidad, será aceptado en su grupo y tendrá muy buenas relaciones con sus amigos, en la medida en que aprenda a cumplir normas sencillas como respetar una fila, un turno, aceptar las reglas de un juego, no coger lo que no le pertenece, limpiar lo que ensucia y ordenar lo que desordena.

Pero él aprende las normas si hacen parte de su vida diaria, si son parte esencial del diario vivir en su casa, en su jardín infantil, en su escuela. En otras palabras, si se le da el ejemplo diario.

6. La importancia del lenguaje no verbal. Para ayudar al niño en la construcción de su socialización no bastan solo las palabras. Además del ejemplo, está el manejo del lenguaje no verbal. En muchas ocasiones, más que las palabras son los gestos, los ademanes, las caricias, el tono de la voz, un abrazo, un apretón de manos los que permiten establecer o deteriorar la comunicación entre las personas, lo que le da calidad a las relaciones sociales con los otros. Y los niños son todos unos expertos en esto del lenguaje no verbal. Nada se graba tanto en la mente de un niño como esos gestos, las actitudes y las frases que no le están dirigidas y que sus padres o abuelos repiten o hacen a diario en su presencia. Véase si no, la gran capacidad que tienen los niños de imitar a sus padres, a sus maestros.

7. La función de la familia. Para la adecuada socialización se debe partir primero de la familia, de crear y fortalecer lazos con la familia nuclear y la extensa, en primera instancia. No se puede olvidar que la primera y mejor escuela para los hijos es el hogar. Los niños tendrán unos comportamientos sociales adecuados si primero aprenden a convivir, a disfrutar con el primer grupo humano con el que tienen contacto: su familia. Con ella aprende a compartir, a disfrutar, a afrontar problemas, a soportar fracasos y derrotas, a que los otros son necesarios y se deben tener siempre en cuenta.

 Por eso, a pesar del problema del afán, es indispensable darse tiempo para convivir con los hijos. Para ello, se deben aprovechar las comidas en familia, organizar actividades en grupo como armar juntos rompecabezas, hacer un crucigrama, ver una película, leer cuentos en voz alta, compartir sus vivencias laborales y escolares, visitar a otros familiares, etc.

8. Cada niño es diferente en su proceso de socialización. Hay unos más espontáneos, otros son más tímidos. Los hay extrovertidos y reservados. Esto no significa que no sea posible que todos los niños sean sociables. En este punto es necesario aclarar una situación muy valiosa: la imperiosa necesidad de aceptar a los hijos por ser quienes son, dejando de intentar criar al niño perfecto. Esto implica no comparar, no emular, no darles el carácter de competencia a todas las actividades del niño, especialmente en el juego y el deporte. Todo niño tiene aptitudes para algunas cosas, pero igualmente carece de ellas para hacer otras actividades. No se le puede poner metas inalcanzables para sus capacidades. Que el factor esencial sea disfrutar de lo que hace aunque otros lo hagan mejor. Así cada niño comprenderá que los valores más importantes se encuentran en las relaciones humanas. Que el amor, el apoyo mutuo y la aceptación de nuestras imperfecciones por parte de quienes nos rodean son elementos esenciales que nos ayudan a formar nuestra dignidad, a desarrollar la capacidad de adaptarnos y construir un ambiente que nos ayuda a convivir en armonía con los demás.

9. Socializar no es satisfacer a todo el mundo; quedar bien con todos. Se asume con frecuencia que lo social es un mundo de mentiras, de apariencias, de engañar a los demás fingiendo ser lo que no somos, pero esto no es válido dentro de la correcta noción de socialización en la crianza de los hijos. El ayudarle al niño a socializarse no consiste en vivir en un mundo de fantasía, de ‘quedar bien con todo el mundo’. Dentro del proceso de la crianza del niño es imperativa la necesidad de enseñar la realidad. La capacidad de los seres humanos para engañarse a sí mismos, es casi ilimitada. Por esta razón, es una necesidad enseñarles a los niños el pensamiento orientado hacia la realidad, a ser sinceros, a valorar las cosas con la mayor objetividad. Ocultar las verdades con el ánimo de protegerlos del estrés y del dolor inevitable no representa ningún beneficio. Más temprano que tarde ellos sabrán la verdad, pero de una manera traumática, acompañado lo anterior de frustración por sentirse engañados e indignos de confianza. Por otro lado, el ser sociables no significa que deban ocultar sus sentimientos ni acomodar sus opiniones para agradar a todo el mundo. La sociabilidad y la sinceridad no son opuestas. “Lo cortés no quita lo valiente”, dice el refrán.

10. Función de la simpatía. La simpatía no es una cualidad con la que nacemos. Como la inteligencia, la simpatía puede cultivarse y desarrollarse y se define como el grado en que una persona es capaz de hacerse grato a los demás y de influir en ellos. Es una cualidad en la que se pueden grabar aquellos rasgos del carácter que condicionan el éxito de nuestras relaciones con los demás. Es por esta razón que la simpatía, entendida en estos términos, juega un papel notorio en la socialización de los niños.

Tienen más simpatía los niños que son criados con sus padres, con niños de su edad, en medio de los juegos, el bullicio, los cuentos y las discusiones, que aquellos levantados en medio de muchos mimos, con sobreprotección y cuidados exagerados. Los niños acostumbrados a hacer lo que ‘les dé la gana’, que actúan por caprichos e impulsos, tienen un nivel de simpatía muy bajo, se vuelven antipáticos ante los demás, serán rechazados por sus compañeros, tienen una baja autoestima, se vuelven manipuladores y, con el tiempo, se van aislando cada vez más.

Dentro de ese acompañamiento al niño en su socialización, los padres y demás adultos pueden ayudarle a este a ser simpático mediante acciones como: participar en deportes grupales, facilitarle que tenga nuevos amigos, enseñarle a ser atento, a dar felicitaciones, condolencias, estímulos; a ser solidario con los demás en la alegría y en el dolor, pero sobre todo como se dijo desde el comienzo, a aprender a escuchar de verdad.

Por: Luis Carlos Ochoa Vásquez

Pediatra puericultor de la Universidad de Antioquia y

profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana