Cómo enfrentar con éxito la adversidad La resiliencia en el hogar y en la escuela

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La resiliencia es un término tomado de la física que se aplica a los metales, referente a la resistencia que oponen a la ruptura o daño producido por factores externos. Extrapolado a los seres humanos, la resiliencia es la capacidad que tiene un individuo, una familia, un grupo y hasta una comunidad, de soportar crisis, adversidades y recobrarse. De alguna manera se relaciona con el término “entereza”.

La noción de resiliencia es tan vieja como la humanidad. En las poblaciones pobres y oprimidas a través de la historia, la lucha por la supervivencia generó necesariamente cierta forma de resiliencia aunque el término no existía tan definido como ahora. Si revisamos en la literatura la historia de La Cenicienta o El diario de Ana Frank, encontramos allí ejemplos típicos de conductas resilientes donde la pauta fue la conservación de sus cualidades innatas de bondad y corrección, que al final recibieron un justo reconocimiento.

En la cultura popular, la resiliencia ha tenido también importante cabida, manifestada en dichos tan comunes como: “Al mal tiempo buena cara”, “No hay mal que por bien no venga” y “No hay mal que dure cien años”.

Para entender el concepto de resiliencia, se ha utilizado la analogía de “una casa”, propuesta por Stefan Vanistendael.

 

Edificación de la resiliencia

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Fuente: tomado de Vanistandel, Stefan. “La resiliencia: un concepto largo tiempo ignorado”, La Infancia en el Mundo, órgano de difusión del BICE, vol. 5, núm. 3.

Se considera que en el suelo, sobre el cual se apoya la construcción, se encuentran las necesidades materiales básicas: alimentación, salud y cuidados maternales. Ahí está la base del aprendizaje social y cognitivo. En los cimientos estaría la aceptación fundamental de la persona como tal (no su comportamiento) y las redes de contacto informales: familia, amigos, vecinos. Estos cimientos ayudan a los niños a forjar su identidad y esta, a su vez, los guía en la elección de sus relaciones.

En la planta baja se encuentra la capacidad del individuo o la familia para descubrir un sentido y una coherencia a su vida.

En el primer piso se observa la autoestima, las aptitudes y el sentido del humor; y, por último, en el desván, se ubican las que denominamos otras experiencias por descubrir.

Es fundamental anotar que la resiliencia no es innata. Se adquiere como fruto de una interacción entre la persona y el entorno bajo el influjo de una serie de factores que se han considerado como determinantes. Algunos de ellos, de acuerdo con Losel, son:

  • Vínculos positivos de aceptación. Una relación emocional gratificante y estable con, por lo menos, uno de los padres o persona a cargo.
  • Un clima familiar o escolar positivo para el desarrollo, que promueva el juego, la recreación y el aprendizaje.
  • La autoestima positiva, fomentada por la sensación de sentirse querido por los que le rodean y tener aptitudes y logros por los cuales se le reconoce. La buena autoestima es un pilar fundamental para el mantenimiento de la resiliencia.
  • Sentido de vida. El ser humano necesita que sus experiencias tengan un sentido, un significado, un porqué y un para qué. Trazarse metas nos ayuda mucho.
  • Sentido del humor. La persona que puede reírse de sus problemas es mucho más fuerte que estos. El sentido del humor alivia las tensiones e invita al optimismo; además, facilita las interacciones sociales.

Las características más importantes de la resiliencia son:

  • Un referente ético dentro del proceso de superación de la adversidad.
  • Un referente cultural y social según los diferentes contextos en que se manifiesta.
  • Una naturaleza dinámica. Por ello, la resiliencia no es permanentemente estable; puede cambiar en la misma persona en diferentes momentos de su vida.
  • Un énfasis en la persona como motor de su propio desarrollo.

 

 Perfil de un niño resiliente

Conforme con Munist y colaboradores, se define al niño o adolescente resiliente como aquel que trabaja bien, juega bien y tiene buenas expectativas. Debe tener un buen nivel de autonomía, entendida esta como el ejercicio de la libertad con responsabilidad. Debe ser competente socialmente, esto es, con un excelente nivel de comunicación con sus semejantes. Debe ser creativo y con capacidad para resolver problemas. Por último, debe tener un claro sentido de futuro representado en expectativas saludables y sentido de la anticipación y la coherencia.

Cómo promover la resiliencia

  1. En la familia. El proceso de la crianza debe entenderse como un acompañamiento inteligente (con conocimientos) y afectuoso (con amor) a los niños, para la construcción gradual de las metas del desarrollo, entre las que figuran la autoestima, entendida como lo que cada persona siente por sí misma; la autonomía, como ejercicio creciente de la libertad con responsabilidad; la creatividad, como la capacidad de innovar, descubrir y solucionar problemas; y la solidaridad, concebida como la primacía de lo colectivo sin perder la individualidad. Estas metas se constituirán, asociadas al autocontrol y a la plena capacidad del niño para expresar sus sentimientos, en pilares fundamentales para la formación de una personalidad resiliente.

Una consideración especial ha merecido por parte de los estudiosos de la puericultura la necesidad de promover en los sujetos de crianza la llamada gestión de la frustración, como elemento fundamental del desarrollo que les permitirá a los niños afrontar de la mejor manera situaciones adversas en el discurrir de sus vidas. Como sabiamente lo anota Sigmund Freud: “He sido un afortunado. Nada en la vida me fue fácil”.

  1. En la institución educativa. Es muy grande el influjo que tiene la institución educativa en la formación de niños resilientes. No en vano afirmó Platón que “enseñar es escribir en las almas”. Para ello, el educador debe constituirse, como todo acompañante de la crianza, en un modelo adecuado, estableciendo una relación afectuosa y empática que le brinde seguridad al alumno, centrándose desde lo pedagógico en las fortalezas de este para afrontar desde allí la solución gradual de sus debilidades. Debemos tener muy presente que el niño necesita de su maestro un afecto que no esté condicionado a sus logros escolares. Solo así podrá adquirir la seguridad que necesita para el adecuado desarrollo de la resiliencia, que lo llevará a triunfar de cara a la adversidad.

Nunca se insistirá lo suficiente en la importancia que tiene el educador como potenciador permanente de los elementos fundamentales para el desarrollo de la resiliencia, como son la autoestima, la autonomía, la creatividad y el control creciente de los impulsos.

secundariaA manera de ejemplo, Albert Camus, el día en que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1957, le escribió una carta bellísima a su maestro, Gerard Germain, donde le agradecía fervorosamente lo que en la época de su formación escolar había hecho por él, descifrando su intelecto y corazón de niño y promoviendo sus fortalezas, que le ayudaron asertivamente a surgir, a pesar de las inmensas dificultades de su entorno familiar y social.

Acciones para el fortalecimiento de la resiliencia en niños entre los 7
y los 11 años de edad:

De acuerdo con el manual para la promoción de la resiliencia publicado por la Organización Panamericana de la Salud, se consideran prioritarias las siguientes acciones a esta edad:

  • Promover amor incondicional y expresarlo físicamente. Los niños necesitan sentirse amados como fundamento de su salud emocional y física.
  • Estimular los logros y comportamientos deseados. Con toda razón se afirma que “cada minuto algo bueno y generoso muere por falta de estímulo”.
  • Explicar claramente las normas de comportamiento cuyo cumplimiento debe vigilarse con serenidad y firmeza, en el contexto de un asertivo ejercicio de la autoridad.
  • Definir las expectativas que se tienen con respecto a los logros y competencias que deben alcanzar los niños a esta edad, evitando los extremos de la permisividad y la sobreexigencia.

Esperamos que todo lo descrito en este artículo contribuya a promover desde la infancia el desarrollo de la resiliencia, entendida como la capacidad de afrontar y superar exitosamente las adversidades de la vida, pues, como expresó asertivamente Rabindranath Tagore: “Quien hace sufrir desaparecerá. Quien sabe sufrir ganará la victoria final”.

Por: Juan Fernando Gómez Ramírez
Pediatra puericultor

 

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