Cómo disciplinar: consecuencias naturales y lógicas

Por: Diana Patricia Palacio Posada

Licenciada en Educación Preescolar

Orientadora familiar

 

Desde pequeño el niño tiene la capacidad de darse cuenta de las consecuencias de sus actos. Los padres deben poner límites y normas sin recurrir al castigo físico.

Una vida mejor está al alcance de todos. Solo tenemos que tener el valor de amar, de ser creativos, de tener el suficiente sentido del humor y de la voluntad necesaria para que todo sea posible. Quizás sea la maravillosa herencia que están esperando nuestros hijos.

Uno de los resultados que más esperan los padres en la crianza es que los hijos sean obedientes. La obediencia es el resultado de la disciplina, la cual se busca afanosamente por medio de normas. Este deseo de los cuidadores de niños se manifiesta gráficamente en la expresión: “Yo no quiero que mi hijo tenga mal comportamiento, yo quiero que siempre tenga buen comportamiento”.

A medida que los niños crecen aprenden a cooperar con los adultos y los padres pueden demostrar confianza y ayudar a construir la de sus hijos si encuentran formas efectivas de disciplinar.

Así guiarán a los niños para aprender a vivir con otros y a manejar su propio comportamiento, estableciendo límites y comunicándoles lo que se espera de ellos. Los niños de seis a doce años deben aprender a tomar decisiones y a hacerse responsables de sus propios comportamientos. Esta es la manera de construir la disciplina.

Al seleccionar el método apropiado para disciplinar es necesario que se tenga en cuenta el nivel de desarrollo del niño y del adolescente, así como la edad y las características individuales, pues los hijos son distintos y, por consiguiente, las consecuencias que funcionan con uno puede que no funcionen con otro. Por eso, es necesario que los padres conozcan muy bien a cada hijo con sus cualidades y defectos, sus habilidades y limitaciones.

Una de las finalidades de la crianza es que los niños y adolescentes se disciplinen mediante normas para que sean obedientes. La norma, que pone límites, es la regla que se debe seguir o aquello a lo que se deben ajustar las conductas, tareas, actividades.

No se debe pretender normatizar toda la vida de niños y adolescentes: las reglas se deben fijar para asuntos en los que los niños o adolescentes tengan que controlar sus impulsos para no dañarse o no incomodar o dañar a los demás.

En el niño de seis a doce años las normas, ahora más acordadas que impuestas, se incorporan con cooperación y la obediencia es comprometida, esto es, con disposición del niño para obedecer conscientemente, lo que es la base para que más adelante la regla sea un estilo de vida; se cumple la norma por convicción independientemente de que haya alguien vigilando: no se prende el televisor en horas no acordadas a pesar de que los padres no estén en la casa. El mejor método para facilitar esta incorporación, como todo el desarrollo del niño, es el juego.

Desde pequeño el niño tiene la capacidad de darse cuenta de las consecuencias de sus actos, con lo cual aprenderá a controlarse, de tal modo que si la consecuencia es agradable repetirá el comportamiento, pero si es molesta, no lo repetirá. De lo anterior se deduce el gran daño que se le hace a un hijo con la sobreprotección para que no conozca los efectos de sus acciones.

Castigo: ¿sí o no?

Uno de los métodos útiles para disciplinar sin recurrir al castigo físico es la aplicación de las normas en el contexto de las consecuencias naturales y las consecuencias lógicas de los comportamientos.

Una consecuencia natural es cualquier efecto que ocurra naturalmente, sin la interferencia del adulto. Con las consecuencias naturales se pretende que los niños y adolescentes sean conscientes de cómo sus comportamientos los afectan.

Cuando la consecuencia es incómoda para el niño es necesario hacerse a un lado. Una excelente manera de fortalecer la personalidad es permitir pequeñas dosis de frustración. Los padres le temen a cualquier experiencia negativa que puedan tener los hijos y suelen dedicarse a solucionar cuanto problema, tristeza o dificultad afrontan.

La función no es darles la solución para que arreglen su vida, sino prepararlos y permitirles que sean ellos mismos quienes afronten las consecuencias de sus actos, porque de grandes afrontarán muchas más y si de niños no lo hicieron, no sabrán cómo manejarlas.

Las consecuencias naturales ayudan a formar el carácter de los niños y adolescentes. Gracias a ellas aprenden a ser flexibles y a adaptarse a situaciones cuando otras no les funcionan; se vuelven perseverantes y no se dan por vencidos cuando las cosas no salen como ellos quieren.

Las consecuencias naturales producen un aprendizaje directo y más rápido en el comportamiento de un niño que cualquier amenaza o castigo: si el niño no se duerme temprano va a estar cansado a la mañana siguiente, si pierde su juguete no tendrá con qué jugar, si no come va a tener las molestias del hambre.

Muchos comportamientos no tienen una consecuencia natural o esta no es suficiente, por lo cual se deben aplicar las consecuencias lógicas del comportamiento, que requieren la intervención de otros (adultos o niños en la casa o en la escuela).

Con las consecuencias lógicas, que resultan de actuar en contra de las reglas de cooperación social, se pretende que los niños y adolescentes sean conscientes de cómo sus comportamientos afectan a otro: si un niño le pega a otro niño a este le va a doler, si le esconde su sacapuntas este no tendrá con qué sacarle punta a sus lápices, si le riega la sopa este quedará con hambre.

Al aplicar el método de consecuencias lógicas se pretende que el niño modifique un comportamiento que se ha calificado como malo, por lo que deben ser relacionadas, respetuosas y razonables con el comportamiento que se pretende modificar.

Si se olvida alguna de estas características en el empleo de las consecuencias se puede generar en el niño resentimiento: “No se puede confiar en los adultos”, revanchismo: “Ya me vengaré”, rebeldía: “Haré todo lo contrario de lo que me ordenan”, y retraimiento, manifestado como astucia: “No me volverán a pillar”, o baja autoestima: “Soy mala persona”.

Es muy común que los adultos conviertan una consecuencia natural en una consecuencia lógica: “Si no te bañas vas a oler muy maluco y yo voy a quedar muy mal como mamá”. Esta actitud que pretende quitar un mal comportamiento es un chantaje inadmisible en la crianza. Es preferible utilizar la paciencia y el afecto hasta que el niño aprenda a bañarse al ritmo de la familia.

Las consecuencias naturales y lógicas se deben usar cuando producen incomodidades, pero no son prácticas en ciertos momentos:

  • Cuando el niño está en peligro: pretender que no juegue en la calle experimentando los daños de jugar en una calle con mucho tráfico.
  • Cuando el comportamiento interfiere con los derechos de los demás: pretender que deje de agredir con piedras experimentando lo que ocurre al tirar piedras a otra persona.
  • Cuando los resultados de un comportamiento no son problemas para el niño: pretender que se lave los dientes porque si no se los lava le dará caries.

La aplicación de una consecuencia lógica es más efectiva cuando el niño ha participado en su definición. Hay condiciones para aplicar consecuencias lógicas:

  • Separar la acción de la persona: la consecuencia tiene que ver con un comportamiento, no con el niño: “No saldrás a montar en bicicleta porque tu cuarto está muy desordenado”, es mejor que: “No saldrás a montar en bicicleta porque eres un desordenado”.
  • Ser constantes y congruentes: cuando un día se aplica una consecuencia y al otro día no, el niño se confunde.
  • Aplicarlas en el momento: “Espera a que venga tu papá de ese viaje”, probablemente no le permitirá aprender de ellas, pues no recordará lo que pasó en su mal comportamiento. En este caso es mejor aplicar la consecuencia de inmediato.
  • Que la consecuencia sea proporcional al hecho: “Ya que ensuciaste el piso con tus zapatos embarrados, tendrás que ayudar a limpiarlo”, es mejor que: “Ya que ensuciaste el piso con tus zapatos embarrados, no saldrás al parque en las dos próximas semanas”.
  • Que la consecuencia no cause dolor al niño: “Como llegaste más tarde de lo previsto de tu partido de fútbol, no irás al paseo de fin de año del colegio, no es un buen método para que llegue a la hora acordada, pues es algo desproporcionado que causa mucho dolor.

En los casos en los que no haya concertación previa es necesario discutir las consecuencias, permitiéndole al niño sugerirlas: “Ya que perdiste el balón de tu hermano, ¿qué propones para reponerlo?”.

Cuando en un grupo de niños ocurre un mal comportamiento no se deben buscar culpables: “Dañaron el jardín con el balón, ¿qué van a hacer para arreglarlo?”.

En la aplicación de las consecuencias es necesario ser flexibles y dar las opciones posibles, que las escoge el niño, pero hay situaciones en que no se pueden dar opciones y darlas solo causaría problemas, como por ejemplo: es hora de acostarse, si el niño se rehúsa, se deben ofrecer alternativas: “¿Quieres hacerlo solo o que te cargue?”, y simplemente actuar.

En la aplicación de las consecuencias no se debe mostrar rabia ni mal humor, pues la consecuencia se convierte en un castigo. Los padres deben demostrar respeto por sí mismos y por el niño, así como combinar la firmeza y el cariño.

La disciplina debe ser un proyecto a largo plazo. Los padres deben aceptar que el niño necesita aprender de ellos, de ahí la necesidad que tienen de esforzarse en dar buen ejemplo y portarse como desean que se comporten sus hijos.

Para este proyecto, en la casa se debe crear un ambiente agradable, en el que haya muchas cosas para hacer, lo cual previene los malos comportamientos. Con los niños de seis a doce años es muy útil jugar con frecuencia el juego de las consecuencias: ‘¿qué pasaría si…?’, para inventar efectos posibles de ciertos comportamientos imaginarios.

Otra manera de favorecer el proyecto de disciplinar niños y adolescentes es la de pasar tiempo de buena calidad con ellos diariamente, pues así se ayuda a la buena relación con los padres, y se puede prevenir el mal comportamiento.

Recomendaciones

  • Sean muy conscientes de la necesidad de que las normas para su hijo sean razonables, claras, precisas, pocas y que se puedan acatar.
  • Cuando fijen las normas, de manera concertada con su hijo, fijen las consecuencias de no cumplirlas.
  • Asegúrense de que su hijo entienda las normas y las consecuencias de su incumplimiento.
  • Presenten a su hijo la opción de manera respetuosa: tú puedes o no puedes, tú eliges, usando un tono amistoso de seguridad y confianza.
  • Díganle claramente a su hijo cuando no hay opciones.
  • Al corregir, hablen lo menos posible, evitando la cantaleta y las amenazas a su hijo.
  • No muestren rabia ni mal humor al definir las consecuencias.
  • Explíquenle a su hijo las razones por las cuales debe haber una consecuencia, dándole a entender en qué se perjudica él o en qué perjudica a otros su mal comportamiento.
  • Pasen tiempo de buena calidad con su hijo diariamente.
  • Traten de controlar la situación, no a su hijo.
  • Sancionen la falta de su hijo, no la persona.
  • Apliquen la consecuencia siempre de la misma manera y cuando acaba de ocurrir la falta.
  •  Procuren que su hijo aprenda de sus acciones.
  • Adapte las normas de la casa en la medida en que su hijo crezca.
  • Procuren vivir en casa un ambiente de respeto, amor y colaboración.
  • No cedan en la aplicación de una consecuencia concertada previamente por más que su hijo ruegue.