Carta del Niño Dios a los padres de la primera infancia

Carta del Niño Dios a los padres

Queridos papás y mamás:

Sé que con las primeras luces de diciembre y desde el instante mismo en que cuelguen los adornitos en el árbol de Navidad, sus mentes estarán muy ocupadas haciendo sumas y restas para traducir en regalos todos esos hermosos sentimientos que anidan en sus corazones, ahora que Dios les dio el don de la vida al convertirlos en padres, y sus ilusiones y ganas de brindar amor se elevan hasta el infinito.

Pienso en todos los niños y niñas del mundo pero, de una manera especial, en los bebés que llegaron a sus hogares y que tienen entre un día de nacidos y seis años de edad, los cuales conforman eso que los expertos llaman la primera infancia.

Y al pensar en ellos, con todo mi amor, recuerdo unas palabras que escribió un anciano sabio, Nelson Mandela, Premio Nobel de Paz, al rememorar un día de su infancia ante una plenaria del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef, por su sigla en inglés): “(…) Fue en Qunu (Sudáfrica sudoriental), donde pasé los años más felices de la niñez, rodeado de una familia en la que había tantos bebés, niños, niñas, tías y tíos que no puedo recordar un instante del día en el que yo haya estado solo. Fue allí donde mi padre me impartió, por la manera en que vivió su vida, la idea de la justicia que me ha acompañado durante los muchos decenios de mi vida. (…) Fue en Qunu donde escuché de mi madre los relatos que alimentaron mi imaginación; donde ella me impartió su gentileza y generosidad mientras cocinaba nuestras comidas sobre un fuego abierto y me mantenía bien alimentado y saludable. (…) Fueron esos primeros años los que determinaron de qué manera habría de vivir los muchos años de mi larga vida. Siempre que aprovecho un momento para echar una mirada retrospectiva siento una inmensa gratitud hacia mi padre y mi madre y hacia todas las personas que me criaron cuando apenas era un niño y me brindaron una formación para que llegara a ser el hombre que soy hoy. Eso fue lo que aprendí cuando era niño”.

Quiero decirles, queridos papás y mamás, que los presentes más bellos e importantes no cuestan dinero y son fruto del amor: los abrazos, las caricias, la escucha con empatía, las galletitas horneadas en casa, los dibujos, las tarjetas pintadas a mano, el acompañamiento, los consejos oportunos, la sopita para una noche de invierno, el consuelo ante el miedo, la frustración o la tristeza; la caricia a cualquier hora, sin motivo ni razón particular, y los cuidados que día tras día pueden prodigarles a sus hijos, para que su primera infancia se convierta en los cimientos de una vida plena.

En el cielo tengo Internet; el Ángel de la Guarda me ayudó a buscar en la web del Ministerio de Educación Nacional y encontré algo importante para compartir con ustedes: “Estudios provenientes de diferentes disciplinas demuestran que los primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo físico, social, emocional y cognitivo. El mayor desarrollo del cerebro ocurre durante los tres primeros años de vida, el cual depende de los genes, pero también del entorno en el que el niño crece, de su nutrición, su salud, la protección que recibe y las interacciones humanas que experimenta. Una atención y educación de buena calidad en este ciclo vital es determinante para que los procesos físicos, sociales, emocionales y cognitivos se desenvuelvan apropiadamente y contribuyan a ampliar las opciones de los niños a lo largo de su vida”.

La mayor parte del desarrollo maravilloso del cerebro ocurre mucho antes de que los adultos se percaten de lo que
está ocurriendo; las neuronas de la especie humana proliferan y tienen lo que llaman el “efecto esponja”, es decir, captan de forma exuberante y frugal todo lo que se les transmite a través de los sentidos. De esta forma, se marcan las pautas para el resto de la vida. En solo 36 meses desde que nacemos adquirimos la capacidad de pensar y hablar, aprender y razonar, y se forman los fundamentos de los valores y los comportamientos sociales que harán de nosotros dignos hijos de nuestros papás y mamás.

El contacto con papá y mamá, con los hermanitos, tíos, abuelos, los buenos vecinos, los amigos de la casa, y con la niñera o la nana, influyen en el desarrollo de nuestro cerebro, como también la nutrición, que debe ser balanceada pero, sobre todo, dada con ternura. No hay que olvidar que también son importantes las vacunas que recomienda el Ministerio de la Protección Social, dentro del Programa Ampliado de Inmunizaciones (PAI), al cual tienen derecho todos los niños hasta los cinco años de edad.

Los niños, en nuestra primera infancia, somos como esponjas; no nos ignoren creyendo que no nos damos cuenta; recuerden que San José, mi padre en la tierra, me dejaba ayudarle a construir muebles y objetos de madera, y mientras yo pasaba largas jornadas a su lado en la carpintería, aprendí valores éticos: respeto, solidaridad, gratitud, humildad, honestidad, entereza, caridad, sencillez y muchos otros que habitan sus almas y que en esta Navidad saldrán a relucir para darles a sus hijos regalos inmateriales de un valor inmenso, u objetos sencillos que ellos recordarán por siempre.

Como los primeros años son una época de grandes cambios con una influencia que dura toda la vida, es preciso asegurar los derechos de la infancia al comienzo mismo de la existencia.

Les propongo como un regalo fuera de serie, pintar en una tablilla de madera, al estilo country, los derechos de los niños muy pequeños (de 0 a 3 años), para que toda la familia los aprenda, los interiorice y los siga con el mismo amor con el que cada noche rezan el Padre Nuestro:

  • Protección contra el peligro físico.
  • Nutrición y atención de la salud adecuadas.
  • Una vacunación apropiada.
  • Un adulto con quien establecer vínculos afectivos.
  • Un adulto que comprenda sus señales y sepa responder a ellas.
  • Objetos para mirar, tocar, escuchar, oler, probar.
  • Ocasiones para explorar el mundo que les rodea.
  • Una estimulación apropiada del lenguaje.
  • Apoyo para adquirir nuevas aptitudes motoras, lingüísticas y mentales.
  • La posibilidad de obtener un cierto grado de independencia.
  • Ayuda para aprender a controlar la conducta.
  • Ocasiones para comenzar a aprender a cuidarse por sí mismos.
  • Ocasiones diarias para jugar con diversos objetos.

Queridos papás y mamás: que la casa huela a pan horneado, a lomo de cerdo en salsa de manzanas, a chocolate caliente, a turrón de vainilla, a pastel de ciruelas, a natilla y buñuelos bien calientes y crocantes, y a tamales caseros; esos olores evocarán en sus hijitos el sabor de la Navidad, pero, al mismo tiempo, la importancia de la familia unida en torno al amor.

¡Ah!, pero no nos olvidemos de quienes por una u otra razón no tienen estas oportunidades. Tejan afectos en esta época; todos tenemos amigos que están tristes, parientes menos favorecidos, o conocemos obras sociales en la comunidad; si hacen partícipes a sus hijitos de estas redes de solidaridad, les estarán dando como regalo un gran paquete de tolerancia, autoestima, confianza, caridad, aprecio, respeto y misericordia por el otro.

Solo así, cuando sus hijos sean mayores, ustedes podrán repetir con Mandela: “Queridos niños: veo la luz de vuestros ojos, la energía de vuestros cuerpos y la esperanza de vuestro espíritu. Sé que sois vosotros, y no yo, quienes construiréis el futuro. Sois vosotros, y no yo, quienes rectificaréis las injusticias e impulsaréis todo lo que el mundo tiene de bueno”.

Con amor,

El Niño Dios.

Redactado por: Adriana LLano Restrepo Filósofa y periodista