¿Aprender de los hijos?

Durante mucho tiempo la crianza infantil se ha caracterizado por una relación asimétrica y tensional de poder entre los adultos y los que no lo son. Este concepto se ha definido como adultocentrismo, denotado de manera muy clara por la pediatra y psicoanalista francesa Françoise Dolto, cuando afirma que: “Para el adulto es un escándalo que el ser humano en estado de infancia sea su igual”.

En estos nuevos tiempos han surgido corrientes puericultoras que proponen el pluricentrismo activo como entorno deseable para el proceso de crianza, donde se reconoce a los niños y adolescentes como interlocutores válidos en el proceso que van discurriendo a través de las diferentes etapas de su crecimiento y desarrollo.

En tal sentido, ha podido vislumbrarse la bellísima realidad en la que nos damos cuenta de que los sujetos de crianza tienen mucho que enseñarles a sus adultos acompañantes, enriqueciendo así esta relación con aportes como la capacidad de asombro, la sintonía con la vida y la naturaleza, la vivencia plena del presente, el buen sentido del humor, el optimismo, la capacidad de perdonar y la rebeldía, entre otros.

Con toda razón afirma el pedagogo brasileño Paulo Freire que: “Nadie ignora todo. Nadie lo sabe todo. Todos sabemos algo. Todos ignoramos algo. Por eso, siempre aprendemos”. Si como padres o cuidadores asumimos esa relación gratificante y enriquecedora de diálogo permanente y escucha empática con los niños y adolescentes que acompañamos en su proceso de crianza, no exenta de orientaciones y disensos, llegaremos al final del proceso, cuando nos hacemos prescindibles, con la plena satisfacción del deber cumplido.