Algunos síntomas físicos de los adolescentes tienen relación con su estado emocional

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Algunos de los síntomas físicos que aquejan a los adolescentes en la actualidad tienen relación con los procesos emocionales que se llevan a cabo en la adolescencia, según los resultados de la investigación realizada en la Unidad de Adolescencia del Departamento de Pediatría y Puericultura de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia en el año 2012. La pubertad, proceso orgánico que cambia la imagen corporal que ya se tenía en la infancia, le ocasiona al adolescente una extrañeza tal que puede conducirlo a enfermar, como si el cuerpo fuera el escenario de todo lo que ocurre emocionalmente.

Todos estos acontecimientos no son experimentados de manera consciente por el joven, por lo cual la falta de palabras y de explicaciones sobre esas sensaciones le hace recurrir al cuerpo como una vía de salida. Es por ello por lo que, en la consulta médica que se efectúa en los colegios con los estudiantes de Medicina de sexto semestre, la mayoría de los pacientes está entre los 14 y los 17 años, época en la cual el desarrollo físico es más vertiginoso y crítico, y las preguntas y las dudas se presentan con mayor intensidad. Ha podido encontrarse que los síntomas aparecen o desaparecen según la situación afectiva por la que estén atravesando. No es casualidad que las remisiones a psicología tengan el porcentaje más alto en estas consultas semestre a semestre.

¿De qué se enferman los adolescentes?

La dificultad frente a la alimentación es un hallazgo constante en la consulta con el adolescente. Bien es sabido que los hábitos alimentarios son transmitidos por los padres desde los primeros años de vida del niño, pero se constituye en una rutina que no debe perderse de vista en la adolescencia, momento en el que se precisa de cierta rigurosidad ante los contenidos de los alimentos por el proceso de crecimiento que se lleva cabo.

Pero la adolescencia también es una época en la que la disputa con los padres puede darse desde diferentes ángulos: desde la comida, la ropa, las salidas, etc. Los adolescentes carecen, en una gran mayoría, del acompañamiento familiar que los convoque a “alimentarse bien”, dado que la mayoría del tiempo se sientan solos en la mesa; se ha perdido el rito de conversar en torno a la comida, pues la televisión o los medios de comunicación –WhatsApp, Facebook, chats– impiden la circulación de la palabra en familia. La relación de algunos adolescentes con el sueño es sintomática, no procura descanso ni cumple con la duración y la intensidad que produciría un buen reposo. Cuando se les interroga por esto, aparecen factores que dejan ver que en las casas de estos muchachos no hay claridades en cuanto a horarios para ir a dormir ni para levantarse. Hay excesos tanto del lado del dormir menos como del más. Es preciso recalcar que en la adolescencia, etapa en la que se reta constantemente la norma, el uso de este tiempo de descanso parece ser una de las maneras de “no acatar las reglas”, sin que algunos padres indaguen sobre estas rutinas de los jóvenes ni construyan con ellos alternativas.

adolescentes2El consumo de alcohol es explicado por los adolescentes como un acto que les permite compartir con sus amigos, siendo una costumbre que aprendieron en casa, desde muy niños. Son introducidos en el consumo de alcohol en el seno de las propias familias, se pasan toda la infancia viendo a sus familiares beber licor y deducen que las celebraciones y las reuniones con amigos se acompañan de este, entre otros, de ahí que ellos utilicen ese mismo elemento en los encuentros con sus amistades. Mostrar y enseñar el límite, más que la prohibición, le ilustra al adolescente las posibilidades que él tiene de elegir.

En cuanto al tema de la sexualidad, en los adolescentes entrevistados se descubrió que la mayoría de ellos no han iniciado relaciones sexuales. Aducen que prefieren esperar a encontrarse con una persona con la que puedan construir una relación afectiva. Esperan estar enamorados. Este hallazgo es particularmente valioso, en tanto que desmitifica en parte las ideas de los adultos acerca de la precocidad sexual de los jóvenes. Ciertamente, algunos de ellos hacen uso de las expresiones o encuentros sexuales para exteriorizar dificultades que están en relación justamente con su sexualidad, pero vale la pena subrayar que son algunos, unos cuantos, no los adolescentes en general.

Es importante comprender que para un adolescente el inicio en la vida sexual con otro no es tan simple, por decirlo de algún modo. Un muchacho requiere un tiempo para aproximarse a un cuerpo distinto al suyo, a un sexo diferente al suyo, porque debe realizar primero una construcción acerca de lo que significa el ser hombre o ser mujer. Cada uno intenta contestar a estas preguntas con ayuda de sus padres, hermanos, amigos, la moda, los ritos, las ceremonias. Ojalá haya un adulto dispuesto a hablar de ello, no solo para sugerir anticonceptivos y horrorizar con la descripción de las infecciones de transmisión sexual, sino también para que narre acontecimientos, historias de enamoramientos, la importancia de lo afectivo, y rescate ese lazo de oro que humaniza y poetiza las relaciones sexuales.

Es función dejar claro que el adolescente es responsable de las consecuencias de esa relación y que para acceder a la vida sexual hay que contar con ciertas cosas: saber sobre la protección y responsabilidad frente a sí mismo y frente a la otra persona. Enseñar a cuidar al otro, a la pareja, es una de las lecciones olvidadas cuando se habla de educación sexual.

Con referencia a la familia, se halló que estos muchachos la describen en términos de disfunción. En sus palabras, el padre y la madre son referidos desde el malestar, como figuras ausentes de su función, algunos de estos padres no están, no hablan con ellos, no se interesan por sus asuntos.

En cuanto al colegio, este ha dejado de ser, en parte y para algunos de estos muchachos, el lugar de transición donde se vivían los cambios de la adolescencia. Ellos hablan de desconfianza frente al amigo y de falta de admiración y confianza hacia los profesores y psicorientadores. El síntoma físico permite no hacerse cargo de lo que sucede en estos espacios, como lo es el rendimiento académico, la convivencia con los pares. Algunos pacientes narraron cómo la enfermedad les había permitido una serie de pérdida de años que los retrasaban significativamente de sus compañeros, lo que convierte a la enfermedad en una ganancia secundaria.

Es llamativo, al entrevistar a estos muchachos, cómo es utilizado el concepto de depresión, diagnóstico claramente establecido en el Manual de diagnóstico de enfermedades mentales. Lo usan para nombrar estados de tristeza o aburrimiento. Los psicólogos y psiquiatras han sido poco estrictos con el uso de esta palabra, y no es muy difícil leer en una historia clínica este sello que marca y define en ocasiones a un paciente. Cuando se les interroga por qué han tenido antecedentes de depresión, aparecen consecuencias de lo que implica ser adolescente; es decir, un sujeto que se las tiene que arreglar con un cuerpo que se transforma tiene que sentir cierta congoja o sorpresa.

Construir relaciones con los adultos, con la ley, con los límites, donde se discute y se trata de llegar a acuerdos –una acción que hace un adolescente todos los días con sus padres– puede afligir a un sujeto un tiempo, pues hay que reflexionar, entrar en crisis un momento. Pensar y decidir qué quieren ser en la vida, qué van a estudiar, cómo van a conquistar a una mujer o a un hombre, cómo aprenderán a bailar, cómo recuperar matemáticas, lleva a un estado de introyección que es doloroso, porque son pequeños y a veces grandes duelos, en algunos casos son más críticos, y en otros más pasajeros, pero llevan a estados de ánimo donde no siempre es posible sonreír y estar dichoso. Habría que explicarles a los adolescentes, y de ser posible a los niños, que no siempre se está tan feliz en la vida, que de vez en cuando un aire taciturno inunda, y es lúgubre e incómodo, pero que también permite la reflexión, la toma de decisiones, el conocimiento propio.

Habrán casos en los cuales el diagnóstico sea indiscutible y medicar sea necesario, pero sería un atentado contra la salud de un joven medicar las consecuencias de vivir las elaboraciones de la adolescencia y no darle la posibilidad de hablar sobre ello. Algo como tapar la boca con un medicamento.

En conclusión, para los adolescentes es difícil hacerse a un decir, hablar sobre las cosas que les suceden y sienten, de allí que sea más asequible representar lo que les ocurre de otras maneras, como, por ejemplo, hacer un síntoma en el cuerpo, enfermar y de esa forma “quitarse” de lo que “hay que hacer en la adolescencia”. Que los adolescentes cuenten con el acompañamiento de los padres y los adultos cercanos procura en gran medida el escucharlos y decirles, el proponerles opciones, el invitarlos a que piensen sus elecciones, a que interroguen por qué sucede aquello o lo otro, a que se piensen, asunto del que ya no se habla en este apogeo de los medios de comunicación.

 

Por: Sandra Elena Castrillón C.

Psicóloga y magíster en Investigación Psicoanalítica de la Universidad de Antioquia

Departamento de Pediatría y Puericultura, Facultad de Medicina, Universidad de Antioquia

Josefina Díaz R.

Trabajadora Social y especialista en Gerencia del Desarrollo Social de la Universidad de Antioquia

Empleada no docente, Facultad de Medicina, Departamento de Pediatría y Puericultura, Universidad de Antioquia

Marta Lucía Martínez G.

Psicóloga, Universidad de San Buenaventura

Especialista en Niños con Énfasis en Psicoanálisis, Universidad de Antioquia

Profesora de cátedra, Facultad de Medicina, Departamento de Pediatría y Puericultura, Universidad de Antioquia

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