Algunas tensiones de la crianza actual

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Hay un consenso entre los que somos padres de familia referente a que tener hijos es lo mejor que nos ha podido ocurrir en la vida y que la crianza de ellos constituye la empresa más importante en que nos involucramos. Pero, concomitante con lo anterior, la crianza de los hijos nos genera con frecuencia tensiones y ansiedades; en primer lugar, porque nadie quiere equivocarse en este proceso y, en segundo lugar, porque no existen reglas fijas para llevarla a efecto, pues, como bien lo afirma el pediatra y psicoanalista inglés Donald W. Winnicott, “los padres no hacen a los hijos como el alfarero hace una jarra o el pintor pinta un cuadro”.

Los tiempos actuales se caracterizan por una serie de rupturas con estilos de vida anteriores que tienen su expresión en los escenarios institucionales fundamentales de la familia y la escuela, todo ello en el entorno de los avances tecnológicos que han revolucionado, y ¡de qué manera!, la forma de vivir contemporánea.

Lo anterior ha llevado a la generación de un nuevo concepto de infancia y niñez en los tiempos actuales, los cuales desarrollaremos a lo largo de este artículo en el que se analizarán cuatro tensiones prevalentes en las relaciones de crianza en estos nuevos tiempos: la ansiedad, la prisa, la perplejidad y la culpa.

 

La ansiedad

Se define como un estado de agitación, inquietud o zozobra. En el mundo actual los padres están sometidos a grandes tensiones que les generan estrés, el cual puede afectar las conductas de cuidado y protección que los niños requieren. Estos, a su vez, son muy permeables a las angustias de sus padres y, en muchos casos, las padecen de manera intensa. La tendencia contemporánea a tener pocos hijos se acompaña de mayor tensión en lo referente a sus cuidados y a las expectativas, con frecuencia desmedidas, al considerar a sus hijos más como proyectos hacia el futuro que como realidades presentes.

La psicóloga norteamericana Madeline Levine acuñó el término de `hiperpadres’ para los protagonistas de lo que se ha denominado como `hiperpaternidad’, que aparece como expresión de la ansiedad en la relación con los hijos. Son aquellos padres que cargan la mochila de sus hijos desde la casa hasta el colegio, que se angustian porque no ingieren todos los alimentos que les ofrecen y que todos los días preguntan en el grupo de WhatsApp del colegio: qué deberes tienen sus hijos para el día siguiente. A estos progenitores también se les ha denominado como `padres helicóptero’, pues siempre están supervisando a sus hijos con una clara connotación sobreprotectora e intervencionista.

Esta intención de involucrarse excesivamente en la vida de sus hijos altera el desarrollo de la subjetividad de estos, quienes han sido llamados por los investigadores niños `altar’ o `hiponiños’, bastante inseguros en su comportamiento, que no han conocido la frustración y, por lo tanto, no saben gestionarla, y a quienes no se les han comunicado límites de comportamiento que les permitan un discurrir armónico como integrantes del tejido social.

Los educadores en estos nuevos tiempos, como lo señala la comunicadora Eva Millet en su libro Hiperpaternidad, están observando que la colaboración de los padres para con la entidad educativa se está convirtiendo en una verdadera intromisión en todos los aspectos de la vida académica con las consecuencias que ello trae en la formación de los alumnos y en su necesario camino hacia la autonomía.

Existe, en este contexto, una gran presión de los padres para que sus hijos triunfen y sean altamente competitivos, lo que contrasta con la inseguridad y dependencia de estos `hiponiños’ o `hipohijos’, a quienes se les genera un gran estrés por el temor a fallar o a equivocarse.

Como lo anota el educador argentino Sergio Sinay, “los padres deben brindar un amor que riegue, pero que no ahogue”. Es necesario renunciar a la aspiración de ser los mejores padres para los mejores hijos. Si conseguimos como padres sujetar nuestros miedos y no excedernos en sobreproteger a los hijos, estos serán capaces de vivir sus vidas desde la honestidad, el amor, el trabajo y la perseverancia.

 

La prisa

Se define como la”prontitud y rapidez con que sucede o se ejecuta algo”. Uno de los determinantes de la vida posmoderna lo constituye la prisa, la tiranía del tiempo, que ha invadido todas las esferas del vivir: el ámbito laboral, la forma de comer, la educación de los hijos y hasta el ocio. Se hace necesario recuperar el valor de la lentitud. Es difícil educar al ritmo actual de las redes sociales.

El afán se refleja y afecta la dinámica de la crianza con implicaciones importantes relacionadas con el desarrollo del sistema neurológico y psicológico de los niños y adolescentes, pues su ritmo no coincide con la premura adulta y la presión derivada de este asincronismo los lleva a estresarse de manera importante, lo que afecta su desempeño y calidad de vida. Debemos tener presente que construir una relación armónica de crianza implica presencia y paciencia. Debemos respetar el ritmo de cada sujeto de crianza en un mundo agobiado por la prisa.

Frente a la situación descrita, surgió en Italia en los años 80 la filosofía slow, que engloba muchos ámbitos: desde el pedagógico y social, hasta el cultural e incluso el gastronómico. Es una actitud ante la vida que se extiende a nivel mundial, muy consolidada en países nórdicos y anglosajones, y con un desarrollo creciente en Hispanoamérica. Una expresión de lo anterior es la propuesta de `crianza lenta’ (slow parenting), que se refiere a una parentalidad simple, sin apuros. Un estilo contrario a la tendencia generalizada a la sobreexigencia escolar, a la sobreprotección y al intervencionismo excesivo de los padres en la vida de sus hijos.

Es una contracultura que enfatiza la importancia del juego, del acceso a la naturaleza y propende para que la tecnología esté al servicio del aprendizaje y la lúdica. Insiste en que hay que respetar los espacios infantiles y proporcionar pautas para una crianza en singular, respetando los ritmos de crecimiento de cada niño. No se trata de inculcar una negación de la vida posmoderna, sino de generar un enfoque familiar para vivir mejor el proceso de la crianza. Lo anterior implica aprender a gestionar asertivamente el tiempo que dedican los padres a sus hijos, tanto en cantidad como en calidad.

Esta propuesta insiste en la necesidad de ayudarles a los padres a recuperar la experticia y tiene clara su formulación de que ser lento no significa ser pasivo. Se trata de hacer cada cosa lo mejor posible, en vez de hacerla lo más rápido posible. Lo que se propone es velar por que los niños disfruten de su infancia.

 

La perplejidad

En el contexto de las relaciones familiares, la perplejidad se define como una actitud anímica de desconcierto exagerado y, por lo tanto, anómalo, en la relación entre los progenitores y el hijo.

Es innegable que en los tiempos actuales asistimos a una importante crisis del rol adulto, con cuestionamientos sobre el referente que debe ser para los jóvenes, que se originó en la segunda mitad del siglo XX, relacionada con el desdibujamiento del adulto de antaño por el desplome del modelo patriarcal y el advenimiento de un nuevo rol para esta etapa de la vida y su relación con las nuevas generaciones.

En concepto de los expertos, antes era mucho más fácil ser padre, madre o maestro, porque había tal consenso de apoyo en el imaginario social que la autoridad se otorgaba de antemano. Hoy, es necesario ganarla en el acontecer cotidiano.

En el libro Adultos en crisis. Jóvenes a la deriva, escrito por la psiquiatra e investigadora argentina Silvia Di Segni Obiols, se afirma que el cambio en el rol tradicional del adulto generó también un desequilibrio en las pautas de crianza, con respecto a las cuales estos adultos en crisis han optado por tres tendencias predominantes así:

  • Transmitir las mismas pautas que las generaciones anteriores, en una relación con los hijos de tipo vertical y con franca tendencia al comportamiento autoritario (adultos tradicionales).
  • No transmitir pautas, evadiendo el rol adulto, dentro de lo que se denomina “la cultura adolescente” por parte de los padres, de claro cortelight, en la que el adulto desea parecerse a sus hijos, sin establecer normas, con una clara tendencia al disfrute y poca intención de educar, orientar y fijar límites (hijos eternos).
  • La tendencia a angustiarse y paralizarse en un contexto inseguro, optando por propuestas y decisiones contradictorias que suelen confundir a los hijos (hijos de la duda).

Asumir el rol adulto significa no tener vergüenza de equivocarse, admitir que se cometerán errores y, cuando ello ocurra, aprender de ellos. Significa también asumir la necesaria incertidumbre que el ejercicio de sus funciones conlleva. Frente a la perplejidad, hay que ayudar a los padres a recuperar la experticia e inculcarles la idea de que, a pesar de las tensiones inherentes al nuevo rol, ser adulto no significa dejar de disfrutar, de reír, de emocionarse, de apasionarse, de jugar. Significa, como lo afirma Di Segni, “saber cuándo no tiene sentido hacerlo”.

Frente a la crisis generada y a la consecuente perplejidad, debemos ocupar el rol adulto nosotros mismos, en cada casa y en cada institución educativa. No esperar a que otros ocupen el lugar que dejamos vacante y adopten a quienes dejamos huérfanos. La única salida a la crisis del rol adulto es ocupar el lugar de tal, en consonancia con la sabia afirmación del filósofo Fernando Savater: “Para que una familia funcione educativamente es necesario, que alguien en ella, se resigne a ser adulto”.

 

La culpa

Desde el punto de vista psicológico, la culpa se define como un sentimiento que experimentan las personas, que se origina como resultado de una acción que provocó un daño, y que trae consigo una sensación de responsabilidad.

A diferencia de generaciones anteriores, los padres de hoy son, en gran medida, culpógenos, a pesar de ser comprometidos y bien intencionados. Entre las causas de esta culpabilidad está el tono condenatorio con el que fueron criados por sus padres, quienes no parecían sentirse culpables por sus errores y su autoestima no se nutría del amor del hijo, a diferencia de la generación actual de padres, como así lo señala la educadora familiar Ángela Marulanda, al afirmar que, “nuestra generación fue la última que creció buscando la aprobación de los padres y la primera que vive buscando la aprobación de los hijos”.

Otra fuente de culpabilidad en los padres de hoy tiene que ver con la sobredosis de información alrededor de la función parental (en el catálogo de Amazon aparecen alrededor de 60.000 publicaciones referidas a la crianza infantil), que puede sofocar la sabiduría innata y hace que se sientan incompetentes y, a la vez, culpables por tantas fallas que se descubren en su diario accionar en el proceso de la crianza.

La culpa genera, con frecuencia, una difusa sensación de indignidad que se traduce en sentimientos de inferioridad parental, que generan temor y socavan la necesaria confianza en la función que debe acompañar su asertiva presencia como guías ante sus hijos. Con toda razón se ha afirmado, que lo ideal es educar a los hijos desde el amor y no desde la culpa, al reconocerles a los padres la experticia que en estos nuevos tiempos les ha sido negada, pues, como bien afirma un experto, “mientras que antes las familias hacían la cultura, hoy es la cultura la que hace a las familias”.

Entre las consecuencias adicionales que genera la culpabilidad parental está un sentimiento de inferioridad, que puede desembocar en un comportamiento cómplice ante los hijos, que desvirtúa su rol de acompañantes inteligentes y amorosos, quedando estos a merced de sí mismos, con grandes limitaciones para asumir más tarde de manera comprometida el comando de sus propias vidas.

La culpa tiene algo paradójico, pues hace que los buenos padres se sientan con frecuencia más culpables que aquellos quienes no son tan buenos.

Para concluir, les compartimos plenamente la afirmación del educador norteamericano Harold Kushner: “La culpabilidad no hace florecer lo mejor de nadie, sino que nos drena la alegría de vivir”.

Como padres es fundamental que renunciemos a la aspiración de ser los mejores padres para los mejores hijos, pues, como bien lo afirmó hace varias décadas el psicoanalista austriaco Bruno Bettelheim, “no hay padres perfectos, tampoco hay niños perfectos y no es necesario que los haya”. Con un excelente sentido de la realidad, es de destacar el Programa de Educación Parental que lleva a cabo el Gobierno de Canadá, el cual se denomina “Nadie es perfecto”, y que hace referencia a nuestra falibilidad y al hecho de que la crianza la hacemos seres humanos para otros seres humanos en proceso de crecer y desarrollarse.

Mantenemos la firme esperanza de que la modulación y el afrontamiento asertivo de las tensiones aquí descritas nos permitan disfrutar la crianza de nuestros hijos para así gozar a plenitud su presencia y buscar en su compañía la felicidad que necesitamos y merecemos.

Por: Juan Fernando Gómez Ramírez
Pediatra puericultor

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