A propósito de “los niños y sus apegos”, sabía usted que:

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  • A diferencia de otras especies evolutivas cercanas, el ser humano nace en un estado de incompletud manifiesta, lo que lo hace muy vulnerable y dependiente de los cuidados prodigados por otras personas, fundamentalmente la madre.
  • De este cuidado surgirá entonces la situación de apego, definida como “aquella relación íntima entre dos personas caracterizada por afecto mutuo y un deseo de mantener proximidad”. Esta relación es perdurable y produce seguridad, agrado y placer.
  • A partir del mes de edad, es notoria la creciente capacidad interactiva del niño con las personas, especialmente con su madre, con quien constituye una verdadera simbiosis que caracterizará sus relaciones en los meses siguientes. El padre y los demás integrantes del entorno también son fuentes importantes de relación y apoyo.
  • Hacia el sexto mes de vida, cuando el niño tiene ya una notable capacidad social, empiezan a presentarse a pesar de ello algunas dificultades de interacción con las personas extrañas.
  • El apego a la madre es cada vez mayor durante el segundo semestre de vida extrauterina. Hacia el octavo mes de edad es frecuente que el niño sienta inquietud frente a los extraños; se muestra muy receloso ante ellos y observa con suspicacia los rostros desconocidos, lo que indica la capacidad cognoscitiva para detectar las diferencias entre el cuidador conocido y otras personas, en un contexto de apego seguro.
  • Hacia los 12 meses de edad el niño obtiene logros fundamentales, como ser consciente de su individualidad (saberse independiente de su madre) y comenzar el ejercicio de su capacidad de elegir (autonomía). Aparece entonces un claro sentimiento de seguridad en sí mismo que se ha desarrollado en forma progresiva durante el primer año de vida, basado en la relación con sus padres dentro del necesario proceso de consolidación de la confianza básica.

Todo lo anterior podemos resumirlo en la sabia reflexión del psiquiatra español Juan Rof Carballo: “El hombre debe su grandeza a su extrema invalidez cuando nace, prematuramente, y a la necesidad que tiene de ser tutelado y acariciado”.

 

Por: Juan Fernando Gómez Ramírez

Pediatra puericultor

 

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